El movimiento Daddy CooL
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El movimiento Daddy
CooL
José Luis Raya
Resulta que el ocio que genera la sociedad va encaminado indefectiblemente hacia la juventud, salvo raras excepciones como el Instituto de Mayores o Imserso, pero esto indefectiblemente (perdón por repetirme) se centra en el mundo heterosexual. No lo rebato, ya que es amplísima mayoría, pero las minorías y la diversidad deberían protegerse como hasta ahora se viene haciendo y esto debería consolidarse. En este sentido ha habido una excelente iniciativa por parte de un ciudadano ejemplar, Alexis Gil, un torremolinense de origen venezolano que, movido por su altruismo y por sus deseos de promocionar el turismo gay de maduros en la Costa del Sol, está generando espacios de encuentro para este sector que históricamente ha sido ninguneado
Muchos de estos receptores son jubilados o maduros que, por su edad, representan un turismo tranquilo con un alto poder adquisitivo que genera y distribuye riqueza en la zona. Ya se han producido varios encuentros y, como la idea está generando ilusión y expectativas, se prevén otros tantos a partir de este momento. La semana del ocho al doce de mayo se espera que sea apoteósica. Miles de personas podrán llegar para el acontecimiento. Como no podía ser de otra manera, este tipo de eventos se inician en EEUU, lo mismo que el Movimiento Bear allá por los ochenta. Evidentemente, el germen de toda esta variedad y/o diversidad hunde sus raíces en aquel legendario Stonewall, hito tan importante como el acceso de la mujer al voto. Ya nadie lo cuestiona. Sin embargo, hay personas que todavía se indignan o se siente atacadas -o como mínimo incómodas- si ven a dos chicos besarse o cogidos de la mano. Si son dos señores maduros, supongo que el rechazo puede ser aún mayor. Los maduros, ni siquiera en Chueca o en La Nogalera, actúan de esta guisa. El miedo al rechazo, o si observamos que alguien se pueda incomodar, nos echa para atrás. No es tanto una actitud políticamente correcta o cívica como que existe en muchos de nosotros —como si aún siguiera mordiendo nuestras células o fuese algo extrañamente atávico— aquel miedo de la represión que muchos han vivido o padecido. Otros muchos tuvieron que casarse por la maldita presión social o familiar. Ninguno reniega de la familia que crearon, ni mucho menos de los hijos que han educado y que han visto crecer, pero veo en muchos de ellos esa mirada líquida empapada de tristeza. Reniego de esa sociedad puritana y de esas familias “decentes” y tradicionalistas que obligaban a muchos de ellos a casarse. Tanta era la presión que se convertía en obligación. Igualmente reniego de aquellos padres o madres que echaban de casa a sus hijos si no se “convertían”. Pero reniego hasta cierto punto porque todo era educacional. Conozco a muchos hombres maduros que se han separado de sus esposas para convivir por fin con alguien de su mismo sexo. Lo que siempre han querido y deseado. El mundo iría mucho mejor si escucháramos a la otra parte. En estos eventos he tenido la oportunidad de conocer y hablar con algunas de estas personas. Y he atendido sobrecogido lo que siempre han callado y llorado en silencio. No es justo que todos estos hombres de claras tendencias homosexuales hayan sido obligados a formar una familia “heterosexual”. La misma oligarquía social implicaba una enorme insatisfacción personal. Esto sí que era antinatural. Maridos, esposas e hijos destrozados por el engaño. Luego, cuando se recapacita y las aguas vuelven a su cauce, y si hay respeto y amor, la familia se reencuentra y el desenlace podría interpretarse como un simple divorcio; sin embargo, hay algo que sigue flotando en el ambiente: todos hemos sido culpables. Empezando por la sociedad, la escuela y la familia. Todos, en conjunto, han generado familias rotas y destrozadas. Por suerte, gracias a Dios, o afortunadamente, muchas de ellas han sido reconducidas por la senda de la tolerancia, el respeto y la racionalidad. También conozco a algunas familias –suelen ser excepciones y excepcionales- que han superado este obstáculo y son más felices que nadie.
Los eventos y fiestas de Alexis Gil serán recordados en la historia de Torremolinos como aquellas legendarias celebraciones de la pequeña Nueva York —sobrenombre de Torremolinos en los años 60— auspiciadas por Vera Möller, “Le Fiacre”, Antonio Alarcón, “El Refugio” o Feli Pérez, hasta llegar al legendario Pez espada.
Es el momento de atender a una generación que no debe caer en el olvido y que merece nuestro respeto. Muchas gracias por cubrir nuestras vidas con un manto de pétalos de rosas. ¡Ni un paso atrás! Ya hemos aguantado bastante. El movimiento Daddy Cool ha comenzado.



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