El prejuicio
Lo bueno de no casarte con nadie, políticamente hablando, te abre un amplio espectro de análisis y reflexión que de otra manera estaría encorsetado por los mismos presupuestos del partido. Y es que el análisis de la realidad se ha vuelto absolutamente maniqueo y polarizado en todos los ámbitos. Uno se debe a los eslóganes del partido de tal manera que te ofusca la visión y se entra en las discusiones bizantinas o en el más profundo diálogo de besugos donde la argumentación sana y proporcionada brilla por su ausencia. Las conversaciones se hacen tan largas como tediosas, lo mismo que cuando discuten los del Madrid/BarÇa, incluso se puede llegar a las manos o sencillamente la gente se distancia o deja de hablarse.
Lo bueno de no adherirse a ninguna doctrina es que puedes ir cambiando de dial y escuchando la SER, Onda Cero o la Cope para apreciar diferentes puntos de vista y lo poliédrica que es la realidad, por lo que llegar a la verdad puede resultar harto complicado, por lo menos uno puede escudarse en su verdad, lo malo de esto es que “esa verdad”, al estar inmerso en el mismo ambiente, puede estar adoctrinada o contaminada. Perseguir la verdad es por consiguiente un verdadero acto de libertad personal. Es lógico que puedas sentirte atraído por unas ideas más que por otras porque sencillamente empastan muy bien con tu carácter o manera de ser, pero agrega tú mismo los matices, obsérvala desde otra perspectiva y considera que puede haber otros mundos. Es por lo que recibo constantes exabruptos desde la diestra o la siniestra, por pensar por mí mismo y no repetir como el muñeco de un ventrílocuo lo que el líder va soltando, a veces sin ninguna argumentación. Muchas veces es el prejuicio lo que nos impide desarrollar una idea o ver más allá de nuestras narices.
Es cierto que me he planteado lo de un referéndum y la ulterior independencia de nuestros amigos catalanes y, después de docenas de artículos antinacionalistas, se puede aprender que el mundo y la nación pueden cambiar, siempre y cuando sea algo beneficioso para la mayoría; sin embargo, calibrando otros contextos, llego a la conclusión de que esto no va a suceder sino que los beneficios serán disfrutados por una minoría. Por lo que mi argumentación ya va adquiriendo forma.
Por otro lado, como si no hubiera cuestiones más importantes, se ha armado un colosal revuelo por un cartel de Semana Santa. Lo tenemos hasta en la sopa. Es cierto que ello puede irritar a una parte de la población (la más creyente) y pueden sentirse indignados, de hecho se están recogiendo firmas para su retirada y se hacen misas de desagravio. España puede ser más berlanguiana que el propio Berlanga. Nunca un esperpento puede dar más de sí. Entre amnistías, cristos irreverentes y demás, si lo miras bien, puedes observarlo desde el sarcasmo, que será lo más idóneo, o puedes sumergirte en la indignación y rasgarte las vestiduras, aunque no vayas a misa.
Es el prejuicio el culpable de todo y todo lo embarulla.
La iglesia sigue perdiendo adeptos por segundo. Nadie se mete a cura ni a monja y han de ser “importados” desde África o Hispanoamérica. Como si el Maligno campara a sus anchas por los territorios de Iberia. No me extraña, si representan a Jesús resucitado como un efebo andrógino incitando a la pedofilia. En cuanto una mente enferma ha anotado esta idea, he caído en la cuenta de todo esto. Ni me había percatado de este matiz. Sí es cierto que lo apreciaba un poco joven, pero el semblante me transmitía paz. Solo eso. Las mentes calenturientas veían más allá de lo que había y señalaban, como en aquellos gloriosos tiempos de la Inquisición, las señales de Asmodeo o Belial impresas en esa pose medio praxiteliana y esa mano adormecida en el limbo de la promiscuidad. Es posible que haya habido algunos religiosos que hayan apreciado una tentación demasiado latente: no se ven tan poderosos como San Antonio venciendo a las tentaciones de la carne. Francis Bacon decía que la belleza está en los ojos de quien mira. Y yo apunto que el pecado también.
Tras todo esto, asiduo a los museos, recuerdo ambiguas figuras de Cristo y cientos de santos, sobre todo San Sebastián, que se contonean como si fueran seres recién salidos de una barra de baile. Son preciosísimas las obras de docenas de artistas italianos y españoles que nos han regalado estas incomparables obras de arte: Guido Reni, Giovanni Francesco o Correggio entre otros. Y es que somos herederos de alguna manera del canon de la belleza clásica y el arte no se puede librar de ello. Y además, ¿por qué ha de librarse? No podemos seguir juzgando bajo nuestros viles prejuicios nuestra realidad al considerar que lo andrógino o lo ambiguo es algo que está por debajo de la hombría o la virilidad. O lo que es peor: que tiene que estar por debajo. Es posible que a JC no le importe esta representación ya que, si es una imagen gay, él sabe mejor que nadie que son personas que han sufrido y siguen sufriendo una endémica persecución y marginación en muchas partes del mundo. Incluso aniquilación. Y, que yo sepa, Cristo siempre ha estado de parte de los que sufren, los débiles y los perseguidos. Por otro lado, veo mal que el colectivo LGTBI haya saltado para apropiarse de la imagen y polarizar aún más la cuestión.
Tengo claro que son los prejuicios los que ralentizan la evolución social y personal y nos perjudican para poder sopesar, ponderar y llegar a la verdad. Entre tanto, no se enoje, siéntese, hágase un bol de palomitas y disfrute del esperpento.
Jlraya



El caso es llevar la contraria, como si fueran niños de colegio, q artura.
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