La mala educación
La
mala educación
https://www.diariosur.es/opinion/mala-educacion-20230327230222-nt.html
No tiene nada que ver con la película del
manchego universal, no voy a tratar ciertas cuestiones ideológicas o
religiosas, sino cívicas. Asuntos seguramente menores, pero son paradójicamente
los sustentos de otros tantos contenidos prioritarios. Me prometí a mí mismo que, después de jubilarme, no iba
a regañar a nadie más, pero caigo en una suerte de amarga desazón cuando veo
que mis conciudadanos no evolucionan y se desenvuelven en una suerte de caótica
inmadurez. Después de treintaicinco años, duros y satisfactorios a la vez,
educando e impartiendo, no solo conocimientos, sino también formas y maneras de
estar y comportarse correctamente, necesito colgar los hábitos en todos los
aspectos.
Quizá
sean fruslerías, pero no lo son.
Nutriendo
mi solaz y a la vez mi ocupación, acudo a un complejo deportivo de gimnasio y
piscinas climatizadas. A esas horas de la mañana me encuentro con montones de
jubilados y gente joven desocupada o con horario vespertino de trabajo, que
pretenden ocupar su tiempo con la sana y beneficiosa tarea del deporte. Mens sana in corpore sano. Los precios son populares para que la gente se
motive. Los más jóvenes buscan, seguramente, un físico más atractivo, en tanto
que los mayores priorizan la salud. Digo yo. Sin embargo, lo de mens sana no termino de percibirlo.
Existe
un circuito circular de entrenamiento —parece una redundancia— y un reloj que
marca los segundos. Antes, había un sonoro timbrazo para que los usuarios
cambiaran de máquina. Pues bien, ahora se desentienden del segundero y los
clientes se quedan en dichas máquinas hasta que se hartan, otros consultan sus
móviles o se ponen a descansar. Entre tanto, algunos, —o quizá yo solo—
esperamos a que se levanten y dejen libre el aparato de gimnasia. Luego, voy a
la piscina municipal, donde las calles están perfectamente marcadas para que
cada usuario o nadador elija la que crea conveniente, desde la calle muy lenta hasta la calle muy rápida. A veces, allí hay una
algarabía de nadadores lentísimos donde no les corresponde o rápidos en las
calles inapropiadas. Lo curioso es que se están molestando entre ellos mismos y
nadie dice nada. Resulta, incluso, absurdo. Esta actitud, más que ponerme de
los nervios, lo cual creo que ya lo he superado, me permite observar como
antropólogo bisoño y sacar una serie de conclusiones que prefiero omitir.
Después, voy a las piscinas de spa provistas
de una considerable variedad de chorros de agua. Los dos más fuertes son los
más solicitados. Hay que dejarlos libres cuando el temporizador se apaga y el
agua se corta. Ya pueden imaginar ustedes lo que sucede. Algunos siguen allí y
pulsan dos, tres o cuatro veces con absoluta desvergüenza. Nadie protesta
porque ello da “autorización” para que imites la desfachatez y falta de
consideración: “A donde fueres, haz lo que vieres”. Me preguntaba si en todos
estos casos los monitores no llaman la atención. Supongo que ya han tirado la
toalla. No tenemos remedio.
Después,
sales a la calle y has de ir esquivando las cacas de los perros (como si ellos
fueran los culpables); encuentras coches aparcados en doble fila por todas
partes; autos que no se detienen en los
ceda, a no ser que el peatón se encuentre justo en medio; motos que
circulan con un ruido ensordecedor; automóviles que van a la velocidad del Grand Prix; gente que habla a gritos en
el tren o el autobús; otros arrojan papeles, colillas o plásticos en la acera,
eso sí, sus casas las tienen limpias como un jaspe. Aseguran que los basureros
y limpiadoras están para algo. Algunos intentan colarse en las sucursales
bancarias porque tienen mucha prisa, o en los supermercados u organismos
oficiales, cualquier lugar donde haya que guardar turno. Parece ser que esto se
va superando, seguramente el numerito del dispensador ha solucionado algún que
otro enfrentamiento: los caraduras carecen de escrúpulos y vergüenza. Al menos,
ya salen a fumar a la calle: las multas funcionan. Por otro lado, nos
encontramos en los vertederos públicos bolsas con diferentes residuos en el
mismo contenedor, eso por no hablar de los que abandonan allí, cualquier día y
a cualquier hora, sus enseres viejos, sus electrodomésticos inservibles o su
ropa usada.
En
fin, todo un sinfín de injurias incívicas, que perjudican notablemente a los
vecinos en general y a los responsables en particular. Los ayuntamientos
disponen de un filón para multar y recaudar. Así de simple y de directo, ya que
muchas personas incívicas se lo pensarían dos veces cuando les afecte al
bolsillo.
Aparte
de transmitir conocimientos, he pasado más de treintaicinco años intentando
civilizar. Me temo que todo sigue igual. Sería necesario pasar a la recaudación
seriamente. Está claro que por las buenas no se puede.
JLRP




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