Al borde del abismo


https://www.diariosur.es/opinion/sueno-deforme-distopia-20220602000245-ntvo.html

Si hay algo que conecta a todos los mundos distópicos que nos muestran las grandes obras literarias o cinematográficas es la normalización y la asunción del nuevo orden por parte de sus personajes. Estos han llegado a aceptar, como algo normal, lo que antaño podría haber sido una verdadera locura.

La quema de libros en “Fahrenheit 451” (para que la gente no piense) se podría extrapolar a este estado actual donde la gente lee poco o nada y se sumerge en el cenagal de la telebasura, en la esquizofrenia de las redes sociales o en el frenesí de los videojuegos. Saramago en “Ensayo sobre la ceguera” nos revela una situación angustiosa donde las personas van siendo infectadas o poseídas por una incompresible ceguera blanca como la leche. Su simbolismo a nadie se le escapa desde las primeras páginas. Orwell, que luchó activamente contra el fascismo, el nazismo y el stalinismo, escribió “1984” para advertirnos de todo esto. Comprobamos cómo, desde hace escasamente un lustro, iban surgiendo determinados grupúsculos en gran parte de la vieja Europa hasta convertirse, incluso, en alternativas de gobierno, siendo aplaudidos y apoyados por grandes masas de ciudadanos y votantes. Para mí la más interesante es “Un mundo feliz”, ya que el mundo que describe es una verdadera Utopía; sin embargo, no es visto así por un grupo de personajes. La discrepancia y la disidencia son perseguidas. ¿Les sigue sonando esto? ¿Acaso no son señalados hoy en día los que opinan de forma diferente a la mayoría? Este libro puede resultar peligroso, un arma de doble filo porque se puede prestar a interpretaciones erróneas, aunque quizás sean las acertadas. He aquí su grandeza.


La máquina del tiempo de H.G. Wells es considerada una novela de ciencia ficción, pero, cuando el protagonista viaja con su increíble máquina al año 802.701, se encuentra con la supuesta especie humana dividida en dos grandes grupos o razas. Los que viven en la superficie y los que habitan en el subsuelo. Yo lo relaciono con la polarización de la sociedad a la que estamos siendo abocados por los extremismos y los populismos. Margaret Atwood, tratando de advertirnos de los peligros de los fundamentalismos, elabora una historia que está siendo interpretada como una novela absolutamente feminista. Efectivamente, al leer o admirar la magnífica serie El cuento de la criada, nos enfrentamos a una sociedad en la que la mujer es un objeto exclusivamente reproductor y puede ser humillada y vilipendiada hasta extremos insospechados. Como esas manadas de delincuentes que violan en grupo a chicas indefensas o esos maridos violentos que acaban asesinando a sus esposas. Terrorífico estado.



Podría continuar con otras referencias literarias o cinematográficas, podría ser un interesante ensayo  haciendo un repaso de las mismas y estableciendo un paralelismo actual. La que más se aproxima a nuestro presente quizás sea la de Houllebecq, “Sumisión”, incluso aparece un personaje tan real y popular como el mismísimo Manuel Valls, a quien todos conocemos. En la novela, Francia tiene que elegir entre dos disyuntivas, el islamismo radical o el extremismo fascista de la derecha. Un dilema inquietante, ya que estamos comprobando, espantados, cómo el país de la Libertad, Igualdad y Fraternidad está haciendo aguas.


Pero dejemos la ficción y centrémonos en nuestro presente.

Seguramente estemos viviendo en nuestro particular mundo distópico, donde todo parece tranquilo y controlado. No hay nada más que temer. Al menos, solo debemos tener miedo de lo que nos vayan diciendo. El siglo XXI se inició con ciertos movimientos siniestros cuyos estertores solo nos conducían al miedo. Quizá sea esta la nueva distopía normalizada que nos ha tocado vivir. Aquellos colosos desmoronándose en medio del pavor colectivo. Luego llegó el pánico a más ataques terroristas y la fobia al islamismo, que sustituyó al viejo fantasma soviético de la Guerra Fría, el cual resurge de nuevo de sus cenizas. Esto sin contar las numerosas hecatombes naturales: inundaciones, volcanes, terremotos, huracanes. El planeta se está defendiendo de la maldad humana y de su inhumanidad contra la naturaleza y el ecosistema. Poco tiempo atrás, la OTAN, encabezada por EEUU, bombardeaba Yugoslavia. Esto parece que se nos ha olvidado, lo mismo que las pequeñas guerras, no menos cruentas, que se distribuyen por Oriente Medio y África: las golosinas de los fabricantes de armas. Después, llegaron las crisis financieras que presagiaban consecuencias luctuosas como las de la Gran Depresión del 29. Cuando todo parecía estar superado, surge una apocalíptica pandemia encaminada a asolar el planeta, exterminando a los más vulnerables, empezando por los inservibles ancianos y enfermos, como si hubiera sido diseñada por un laboratorio nazi de otro imperio, que ya está pisándole los talones a los yanquis. Todo el mundo rezaba para que sacaran la vacuna: el elixir de la vida que frenara la muerte de los más vulnerables. Nos tuvieron encerrados meses como a leprosos. La distopía se recrudecía cuando nos explicaban que no era suficiente con una sola dosis, incluso las marcas podrían variar su efectividad. Grupos de negacionistas cuestionaban toda esta parafernalia. Ni Orwell, ni Wells, ni Huxley hubieran imaginado semejante delirium tremens: la realidad, como siempre, enfrentándose a la ficción. Cuando todo parece estar controlado y la gente sale por las calles regocijándose de que se ha vencido al virus y el miedo se ha perdido, surge un nuevo virus, seguramente no tan letal, pero sí lo suficiente como para que la gente vuelva a sentir un ligero escalofrío. Pero, quizás, la palma de los miedos distópicos se la lleve la sangrienta guerra de Ucrania y el ansia aniquiladora de ese psicópata llamado Putin, que amenaza al mundo entero con pulsar el botón de la destrucción total que inicie la III Guerra Mundial. Algunos creían, o creíamos, que teníamos los días contados. Las noticias de esta cruenta e injusta guerra están menguando porque las agencias prefieren centrarse en el regreso de un monarca corrupto. Seguramente estén ideando un nuevo miedo, aún más atroz, para que los poderosos sigan controlándonos y siga confeccionándose un mundo aún más distópico que el que describen las grandes obras maestras anteriormente aludidas. Una matanza de jóvenes en una escuela de EEUU deja en evidencia al país de la libertad, donde es más grave fumar o beber alcohol que portar un revólver o una ametralladora.

Un servidor trató de crear su distopía particular con una modesta obrita, ya descatalogada, en la que, a modo cervantino, trataba de parodiar el género; sin embargo me salió el tiro por la culata, pues la historia me condujo hacia el borde del abismo. Y ahí seguimos: perdidos en esta normalizada distopía.

 


 

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