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Sobre atropellos y otras rapiñas


 

 

Hace algún tiempo, en este mismo diario, bajo el título de “Multas”, aseguraba que era necesario más sanciones y correctivos para que este pueblo empiece a respetar las leyes y el bien común porque esto repercutirá en nuestra propia prosperidad; sin embargo ahora apostillo que sería idóneo y justo que se hiciera de forma proporcionada y en su justa medida. Muchos ya se están cansando de estos atropellos y otras rapiñas que proceden desde todos los frentes: ayuntamientos, tráfico, hacienda, seguros y, en definitiva, del propio Estado.

Es el pueblo llano y la clase media los que van pagando los platos rotos ante tanto asalto. Los insolventes se están librando de este descalabro porque desgraciadamente no pueden hacer frente, los más acaudalados pueden sonreír y despreocuparse, pues para ellos puede ser calderilla. Así que la gran masa de la población tiene que solucionar la papeleta de estas crisis que se suceden cada cierto tiempo, si bien la que ahora estamos padeciendo es totalmente diferente a las anteriores que hemos conocido, tan incierta y descontrolada que está sirviendo de alpiste para otras oscuras aves, que esperemos que al final no estén en lo cierto, autodenominadas “negacionistas”, cuya actitud quiero entender que se deba a una posición de protesta contra este régimen social distópico y no contra la vacunación, demostrado está, por activa y por pasiva, que a lo largo de la historia solo han salvado vidas.

Nos convencen de que el diésel hay que eliminarlo y tenemos que optar por la gasolina -oro líquido- ,cuyo precio sube a diario; nos meten por los ojos nuevos automóviles eléctricos o híbridos a precios exorbitados, y los que pueden optar a ellos no sé si los podrán enchufar en los orificios de la nariz cuando se queden sin energía en el centro de Málaga. Las diabólicas tarifas de la luz están liquidando los presupuestos de familias enteras. A ver quién deja el aire acondicionado apagado en Córdoba o en Granada. O en Moscú. Ya da igual. En  muchas urbes los impuestos municipales están ahogando a muchos ciudadanos, que suben en el momento más inapropiado, cuando el paro muerde a destajo a todo el que se descuide un momento. Y sin descuidarse.

A la falta de sueño por tanto negocio que se va clausurando se le suma todo lo anterior, muchas personas están cayendo enfermas por las mismas preocupaciones que desembocan en ansiedad, y esta, a su vez, producirá problemas de salud tan preocupantes como este virus transformista e insoportable.

A un servidor le ha llegado una cuantiosa sanción derivada de la zona azul, en ocasiones se  ha pasado el tiempo establecido y no puedes regresar en el momento para restablecer el pago, o sencillamente no funcionaban las máquinas expendedoras por el tema de la Pandemia. Como si ya no pagásemos un impuesto de circulación para estos menesteres. También me he encontrado con reclamaciones de otras comunidades, que al ir cada una por su lado, uno se encuentra imprevistas deudas de no sé qué organismo. La misma DGT coloca señales o líneas en lugares surrealistas para rapiñar y multar por doquier, mientras el macarra de turno se pasea borracho a una velocidad supersónica. Me cuentan que en una zona marcaron el límite de velocidad en una curva que había que circular a treinta, después venía una recta de siete kilómetros donde había que seguir con el mismo límite. No creo que necesite explicar nada más.

Nuestros cerebritos van a desarrollarse a otros países para trabajar en las vacunas que nos están salvando y que están engordando las arcas de la industria farmacéutica, dicho sea de paso. La española se hace de rogar, ¿tendrá algo que ver con nuestros genes? Así pues nos quedamos con un grupo de autónomos y emprendedores, muchos de ellos en la rama de la hostelería y la restauración, a los  que acribillan a tasas, multas e impuestos. Muchos nos preguntamos cómo pueden sobrevivir.

Evidentemente, la recaudación y los impuestos sirven para la sostenibilidad de un país y su estado del bienestar. La mayoría de la gente no lo pone en duda. Lo que puede enervarte e indignarte es el uso que se le dé a ello. Algunas veces inútil y estúpido. Si a ello se le suman tantos atropellos y tropelías que van asaltando al ciudadano corriente, auguro una etapa de auténtico desconcierto, malestar y protestas. Cuando ello ocurra, el gobierno, cualquier gobierno, suele recurrir a la creación de nuevos problemas para desviar la atención —ahora nos distraen con los independentistas o los cubanos y los memos siguiendo la corriente—. Las normas  y las restricciones serán graduales, las irán metiendo con vaselina. Buscarán temas que se dirijan exclusivamente a las emociones. Y todos volveremos a caer. Como Gibraltar  ha dejado de funcionar, disponemos afortunadamente del asunto Marruecos. Seremos bombardeados con imágenes o mensajes que busquen nuestra compasión o nuestra culpabilidad. Seguiremos por la senda que marquen, lo mismo que el asno  sigue su zanahoria.

A España le han asignado 19.000 millones de los fondos europeos. Bien podríamos estar todos con los ojos bien abiertos o los despilfarros y pésimas gestiones las iremos pagando más adelante de nuestros bolsillos. Y que conste que no estoy hablando de ideologías ni de partidos políticos, que algunos disponen de una lectura comprensiva pésima.

 


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