EL MAGO DE RIGA
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El mago de Riga de José María de Loma
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Serán nivolas, decía Unamuno cuando alguien le espetaba que sus novelas no respondían a las normas estrictas del género. Esa primera sensación me ha quedado al concluir El mago de Riga: una propuesta arriesgada, vanguardista, sería una digna finalista de un premio Goncourt, a caballo entre docudrama, ensayo, biopic y novela azoriniana. Ediciones Algorfa ha tenido el acierto de editar esta rara avis que todo bibliófilo debería tener en su anaquel. José María de Loma bucea en la enigmática personalidad de Mijaíl Tal, insólito ajedrecista que llegó a ser aclamado mundialmente por su juego peculiar, dinámico, táctico como un misil ruso, mágico. Le acompañaba la vida bohemia que todo genio debe llevar: mente ordenadamente soviética y vida caótica, chamuscada por el tabaco y ahogada en el alcohol, y alguna droga más. Supongo que la época que le tocó vivir, entre las dos cruentas contiendas bélicas y aquella gélida dictadura soviética, le impelerían a sumergirse en su propia mente prodigiosa, aderezada por el vodka y los licores rubenianos. Incluso, la prensa lo dio por muerto, renaciendo igual que un cid del orbe soviético y como un Jesucristo a los 33. Me pregunto si aquella fake news fue preparada por un régimen que no dejaba nada al azar. Utiliza JM de Loma un lenguaje seco y contundente, de adjetivación precisa, parco en construcciones sintácticas, como si moviese y resonase el peón o el alfil al depositarse sobrio y severo sobre el tablero. Minimalista. Impresionista. Así es su verbo. Atrapado precisamente por el presente histórico, esto es, relata sucesos pasados en un momento activo, y por su alter ego barojiano. Un narrador omnisciente, que está pero no está, camuflado en su propio personaje, o mejor dicho en su primera persona. Cree JM de Loma que conduce al lector por donde quiere, sin embargo un lector avieso va más allá de lo que el autor/personaje sugiere o pergeña. Habría que agradecerle que no vaya sentenciando abruptamente y que deje puertas abiertas. Todo lo que acaece se envuelve en un halo de recientísima actualidad y al mismo tiempo de dolorosa transitoriedad. Uno de los capítulos estrictamente narrativos relata la estancia del riguense en Torremolinos, por donde pasaron igualmente estrellas como Sinatra, Kirk Douglas, Orson Welles, Ava Gardner y Mijaíl Tal, nuestro ajedrecista. Y digo nuestro porque es fácil sentir al personaje muy rápido como algo nuestro. Su vida desventurada y angustiosa, absorta, bohemia, desenfrenada, al borde de la enfermedad crónica, nos permite empatizar con su semblante en cada párrafo. Pero también nos acerca a otros personajes contemporáneos y quizás mucho más conocidos como Bobby Fischer, Spassky y, de soslayo, Kásparov y Kárpov; sin embargo el personaje (real igualmente), que me ha invitado a investigar un poco sobre su vida, es Arturo Pomar, nuestro Arturito, renombrado internacionalmente, este sí que es nuestro: agasajado por el franquismo y olvidado como un juguete roto. Bobby Fischer le conminaba a que volviera como un lacayo a su trabajo de cartero a pegar sellos. Incluso las mentes prodigiosas ignoran que un cartero no pega sellos. Hace unas semanas, postrado tras tres operaciones que me han desmembrado el vientre en tres pedazos, he podido leer, escribir y emplear mi tiempo en entretenerme con muchas de las series que pueblan las plataformas. Gambito de dama ha sido una de ellas: un placer para los sentidos y para la coherencia narrativa, acompañada de ese clímax necesario que toda obra creativa debería llevar implícito. La protagonista es una chica prodigio, inspirada en la figura legendaria de Fischer, que aprendió a jugar al ajedrez observando al conserje de su orfanato. El genio parece despertar cuando las condiciones son totalmente adversas. Nuestro querido Tal culebreó a través de la pobreza de su Riga na-Tal (yo también puedo con este engendro de calambur, apreciado JM)y entre Stalin y Hitler. Los dos máximos exponentes del horror universal. Esto parece ser una conditio intrínseca a todo ajedrecista cósmico que se precie, para colmo de males le falta un par de dedos que lo convierten, quizás a los ojos de la gente, en algo parecido a un tullido. Luego recordé —todos recordaremos— la célebre escena de El séptimo sello de Bergman. También rememoré la mejor novela (bajo mi punto de vista) de Pérez Reverte, La tabla de Flandes. Parece que hay más material audiovisual que literario. Por ello JM de Loma cita la Novela de ajedrez, no podía ser de otra manera, de Stefan Zweig, si bien todos nos quedamos con la excelencia de Carta de una desconocida, vertida al cine magistralmente por Max Ophüls. Esta “nivola” corta es un manjar, una perla extraña, un vino vetusto que se degusta sorbo a sorbo, párrafo a párrafo, donde desfilan innumerables personajes de ayer y hoy: novelistas, deportistas, actores, cineastas, filósofos, músicos, poetas. Una nómina que es todo un deleite para mi –considero- frugal erudición. Me gustaría saber si alguien siente una especie de inexplicable desazón cuando entra en una inmensa librería y percibe entonces todo lo que le queda por leer y cuán gigantesca es su inabarcable ignorancia. Decídmelo, por favor, mal de muchos y etcétera. Son, en definitiva, un fresco cultural del siglo pasado y de la actualidad estas raudas 162 páginas, ensartadas de citas, alusiones y autores varios. Aderezadas con ciertos toques de ironía fina unas veces y acre sarcasmo otras, a lo Valle-Inclán, como ese desternillante, a veces escatológico, viaje a Riga, que haría sonreír al irreverente Bukowsky. No ha desperdiciado la oportunidad de citar a Ángel Ganivet, para muchos el precursor de la Generación del 98. Testarudo suicida, sumergido en las heladas aguas del río Dwuina. Indispensable para cualquier ilustrado que se precie y cualquier lector inquieto, ávido de nuevas técnicas narrativas y enfoques. Uno no puede permanecer en Netflix o HBO deleitándose con series como Gambito y dejar de lado El mago de Riga. Debemos complementar —esto les digo a mis alumnos— lo audiovisual con la lectura, de lo contrario nuestro cerebro se atrofia, pues nos acostumbramos a que nos lo den todo hecho. También les diré que es una breve e interesante historia que nos puede servir para tratar el asunto de la intertextualidad, tan recurrente en toda la narración/reflexión/exposición, cuestión básica donde gravita la nueva Selectividad. Yo mismo puedo cerrar la cuadratura del círculo de todo este relato porque lo he concluido al concluir (valga eso que usted sabe) la magnífica cinta sueca The square, cuyo protagonista, Claes Bang, me recordaba al autor/escritor/biógrafo/personaje de El mago de Riga. Intertextualidad total. Una novela o nivola muy interesante para una mente inquieta. José Luis Raya Pérez |





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