La muerte de Séneca
La muerte de Séneca
No poseía una salud de hierro, ni física, ni psíquica. El asma que
arrastraba desde la infancia lo marcó el resto de su breve vida y le afectó
emocionalmente, de hecho los delirios suicidas lo persiguieron a lo largo de su
existencia. Si no se suicidó prematuramente fue porque pensaba que su padre no estaba preparado para
soportar su pérdida. Sabía que biológica, ni psicológicamente, los progenitores
pueden aceptar la muerte de un hijo. Su azarosa vida, rodeada de contubernios,
exilios, confabulaciones, conjuros y envenenamientos permiten bosquejar una
vida realmente novelesca, plagada de villanos, buenos y malos malísimos,
emperadores, historiadores, perdones imperiales y un exquisito lujo que rodeó
sus años finales cual archi famosa estrella romana. Más quisieran las estrellas
actuales de Hollywood. Por cierto, le falta esa superproducción que acapare
docenas de premios, pues tanto ajetreo, subidas, caídas, desde sus orígenes
provincianos hasta la cúspide del Olimpo, podría ensombrecer a la mismísima
Ben-Hur, o quizás fuera un remedo de Gloria Swanson/Norman Desmond, puesto que
en el Imperio Romano, si no caías, te envenenaban simplemente por estornudar o
toser (como al pobre Tiberio Gemelo).
Algunos captaron la esencia de esta vida tan genuina y extrema que fue
plasmada en numerosos lienzos, pero la que más ha circulado por determinados
grupúsculos, especialmente el de los docentes, ha sido el impecable cuadro de
Manuel Domínguez Sánchez, que se puede apreciar en El Prado. Se puede apreciar
a simple vista una estudiada estructura escénica que nos lleva la vista hacia
el lugar de la tragedia: Séneca yace sin vida dentro de un baño, después de
cortarse las venas. Luego, recorremos el resto de los personajes y observamos
dolor, desolación y frustración. Excelente metáfora que sirve para bosquejar nuestra tarea, sobre todo la que se
desarrolla a final de curso.
Como muchos saben, el programa informático que sirve para sistematizar y
recoger un amplio seguimiento de la docencia en Andalucía se denomina
igualmente como el simpar filósofo cordobés. No había, sin duda, mejor nombre
para bautizar dicho programa. Lo que no desearía es realizar un (quizás)
sarcástico paralelismo y terminemos cortándonos las venas.
Me explico. El final de curso te sugiere que tienes que dar un sprint y
llegar al final con todas las tareas cumplidas. Resultaría arduo enumerar las
múltiples tareas del docente, que son ajenas al resto de los mortales y que
nadie ve, y por tanto no se valora. Hay tantos informes que rellenar, faltas
que cumplimentar, memorias diversas, boletines, evaluaciones, reclamaciones,
diligencias, entrevistas, enmiendas, actas, revisiones de todo tipo,
correcciones y ultracorrecciones, reuniones de área, biblioteca, departamento, consejos
escolares, pruebas de acceso a ciclos, clases de selectividad o tutoría. Sólo
puedo mencionar una parte de estas ocupaciones por razones de espacio. Todo
ello, y más, se hace incluso por duplicado, es decir, analógico y digitalizado:
me refiero al típico papel con boli y el ordenador. Tiene uno, a veces, la
sensación de que pierde el tiempo miserablemente al cumplimentar dos veces lo
mismo para satisfacer doblemente a la santísima burocracia y a la todopoderosa
administración. Esa Administración (con mayúscula) que torea al ciudadano, no
solo al docente, hasta hacerle sangrar su propia paciencia. Como ya he
sostenido muchas veces, empleamos mucho más tiempo en cómo enseñar que en la
enseñanza per se. A ello se le añade la faceta administrativa y burocrática,
que junto con la labor de “guardería”, hace que muchos olvidemos nuestra
profesión y ya no sepamos si somos azafatos de vuelo, niñeras, psicólogos o
educadores (en algunos casos domadores).
La guinda ha llegado recientemente como si fuese el apagón de Nueva York
del 77 o la vertginosa caída de Wall Street. El caso es que cuando solo faltaba que Séneca respondiera en el
tramo final del sprint, fenece, como nuestro amadísimo filósofo cordobés. Todos
sentimos las mismas sensaciones antes citadas de los personajes de la grandiosa
obra de Domínguez Sánchez. Bueno, no tanto, pero sí una suerte de agria
frustración y la sensación de que nos siguen toreando hagamos lo que hagamos. Como
si la fuente del apagón virtual (o fallo) procediera de un ignoto demiurgo que
nadie sabe ubicar. Los hacendosos tutores - as y sus más que consabidas
habilidades, después de ofrecer incluso sobres para matriculaciones, han tenido
que indagar en el inextricable bosque de la programación y lo digital para
poder acceder a través de sus móviles. Ya solo quedaba que esa diosa y odiosa
Administración nos otorgara, como si fuese la llama del Olimpo, la custodia y
el arreglo de este Séneca que a veces juega con nosotros y que fenece en el
momento más inoportuno.
¡Ave César!






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