LA DOCENCIA
LA DOCENCIA
https://www.diariosur.es/elecciones/andaluzas/educacion-20181123002558-nt.html
JLRP
Profesor de Secundaria
Para dedicarse a la docencia uno debe recargarse de optimismo a diario y al mismo tiempo nutrir esa vocación que te ha conducido al lugar donde estás, pero cuesta mantenerla y fortalecerla, pues son muchas las cortapisas y los obstáculos que uno encuentra a lo largo del camino. Nos hemos convertido supuestamente en piezas claves para el desarrollo de una sociedad, y a la postre de un país o una nación. Formamos ciudadanos y ciudadanas libres que impulsarán el desarrollo y el bienestar de nuestra sociedad/país/nación. Sin embargo, el Estado, prolongado hasta la Junta, no nos abriga para que podamos desarrollar esa labor tan fundamental. Todos coinciden en que la educación y la cultura son los ejes que vertebran un país, pero esa visión se convierte en pura quimera al comprobar los incongruentes obstáculos que debemos superar a diario, curso a curso.
La famosa “ratio” por ejemplo, nuestro caballo de batalla, sigue siendo excesiva para poder enseñar con ciertas garantías. Hay un considerable número de alumnos en la ESO – antes eran excepciones- cuya rebeldía, faltas de educación y motivación impiden que el resto avance y progrese adecuadamente. Cuando hablamos de que la sociedad es la responsable, confundimos ese ente abstracto con la propia familia que se desentiende, he ahí donde radica el quid de la cuestión. Hay padres y madres que no saben o no pueden educar a sus hijos-as en valores tan básicos como el respeto, el civismo y la disciplina. Esta ardua tarea parece que queda delegada en los docentes y por este motivo desatendemos a ese numeroso grupo que puede progresar. Las energías que se emplean en este tipo de alumnos disruptivos, que solo conoce sus derechos y olvida completamente sus deberes, van en detrimento de los que son atentos, educados y desean aprender.
Por otro lado, la administración – otro ente abstracto- nos bombardea con todo tipo de enfoques y proyectos didácticos que resulta imposible aplicarlos por la misma situación del alumnado, no tanto por la desmesurada ratio como por la patente indisciplina antes mencionada. Cada curso aparece una nueva nomenclatura a la que nos tenemos que familiarizar, la mayoría de las veces confusa y poco práctica. Me pregunto de qué mente tediosa y desocupada saldrá tanto palabro obtuso, que más que ayudar impide avanzar.
El Estado, que es el órgano de
gobierno de una nación, y la Junta en connivencia, nos someten a sus experimentos pedagógicos y
cada legislatura nos endosan un compendio de leyes, normas, reglamentos,
artículos y decretos que poco tienen que ver con la anterior. Luego hay que
añadir un sinfín y agotador número de tareas burocráticas y reuniones de todo
tipo que terminan eclipsando nuestro
verdadero trabajo y asfixiando nuestra auténtica vocación.
Hay que reivindicar, de una vez
por todas, nuestro reconocimiento, transformado en hechos y no en buenas
intenciones. Alguien tiene que transformar nuestra docencia en decencia y que
nuestra labor podamos realizarla con cierta dignidad.
Podemos agradecer las buenas intenciones, pero si no vienen a
facilitarnos nuestra tarea, al menos que no incordien, sobre todo los que se
encuentran a años luz de la problemática que se respira en las aulas de la ESO.




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