CLARO DE LUNA

Claro de luna



Ella se había despedido con la mirada violeta y rota, no necesitó palabras, había cumplido con sus deberes de madre y esposa hasta la extenuación. Me quedé paralizado esperando una última oportunidad que yo ya no estaba dispuesto a suplicar. Lo estaba expresando con las facciones de su rostro totalmente desmembradas, como si compusieran una amarga pintura cubista. Se giró hacia nuestras hijas y con un leve movimiento de cabeza la siguieron. Abrió la puerta blanca muy despacio, la que podría conducirla a su libertad, se volvió lentamente conteniendo el llanto, yo albergaba la esperanza de que se arrepintiera por enésima vez y regresara conmigo. Mis hijas, ya mujeres, no tendrían que aguantar más  a ese padre despótico e intransigente. Las tres me acusaban de algo que yo desconocía. No sabía cómo excusarme de ese algo que ni yo mismo entendía.
Fue cuando me introduje en el fragor de la noche y conecté la radio, quise evadirme y dejarme llevar por las agónicas penumbras y el susurro mágico de Debussy. Un oportunista claro de luna se coló por la ventana entreabierta y acompañó al fragmento musical.
 A la hora en punto, una vigorosa voz radiofónica informó de las noticias que asolaban el mundo y del truculento crimen que supuestamente yo había cometido.
 JOSÉ LUIS RAYA/ 25-11-18

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