CASOS AISLADOS
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| El profesor-a (cual atlante) sosteniendo el peso de todo. El otro podría ser usted mismo-a |
JOSÉ LUIS RAYA
Al final de aquella reunión con denominación conventual, nos informaron de que al centro iba a llegar un alumno que venía expulsado de otros tantos colegios e institutos. Coincide la información con la conclusión de la tremebunda lectura del malagueño Miguel Ángel Oeste “Vengo de ese miedo”, una suerte de excelso biopic literario donde relata el cruento maltrato al que fue sometido por parte de su progenitor.
Pero no nos desviemos de lo que trato de esbozar. La directora nos informa del minucioso protocolo de actuación: en el aula deben estar dos profesores de apoyo y varios docentes en el pasillo de guardia. Evidentemente la alarma que generó fue desmesurada y lógica al mismo tiempo. Nunca habíamos estado en ese estado de alerta. A mi cabeza, siempre en ebullición, llegaron las imágenes de Hannibal Lecter en “El silencio de los corderos”.
No estoy bromeando aunque lo parezca. No es para menos.
Durante un almuerzo en Sacaba, conozco casualmente a una profesora que fue testigo del último incidente de este alumno en su anterior centro. Resulta que llegó tarde a clase, entró sin pedir permiso —esto ya es lo de menos— y se sentó al final del aula. La profesora que impartía clase en ese momento le pidió explicaciones al respecto, con educación y prudencia, por si la bestia se ofendía. Sin embargo, el susodicho explotó como un volcán enfurecido y lanzó su propio pupitre contra la profesora, el objeto volador pasó rozando las cabezas de todos sus compañeros como un misil mortal. La docente logró esquivar aquella arma de destrucción masiva. En EEUU podría ser el perfil del alumno que acude al centro y se lía a disparar a todo bicho viviente.
Obviamente este cándido menor, aunque salvaje, fue expulsado y denunciado.
La Administración, la Inspección, la Delegación o quien fuere, pasa la patata caliente a otro instituto, como si el gravísimo problema fuese a enmendarse cambiándolo de lugar. También me entero de que la criatura lleva siendo expulsada desde 4º de Primaria. Sigue igual o peor. Fíjense ustedes las soluciones que están ofreciendo desde más arriba. Ahí están los profesores, que sirven tanto para un roto o un descosido. Nuestra última función consiste en transformarnos en saco de boxeo.
El pupilo acudió a matricularse con su madre a mi centro laboral. Parecía excitado y contento por su nueva etapa. Sin embargo, ese mismo día, ya iba dejando tras de sí un reguero de insultos y amenazas al personal no docente, a las mujeres sobre todo. Parece ser que los varones le imponen un poco.
Tramitando el papeleo, se acercó a la madre para pedirle algún documento y esta ocultó su cabeza bajo sus brazos. No hay que ser muy perspicaz para intuir claramente que la madre está siendo maltratada por su propio vástago. Por ello he mencionado al principio la nueva obra de Oeste, ya que la violencia de género puede adoptar diferentes y macabras formas.
El primer día de su incorporación la volvió a liar parda, poniendo en peligro la integridad física de una directiva. Mejor me callo los escabrosos y violentos detalles para eludir el morbo, ese morbo que está alimentando a esta lamentable, patética e indolente sociedad, ávida de noticias truculentas e indiferente al mismo tiempo con todo aquello que no le repercuta directamente. Resultado: nueva expulsión, durante 29 días. Hasta que regrese y vuelva a cometer otra tropelía. Me pregunto qué tipo de tragedia deberá ocurrir para que intervenga AASS, la Fiscalía de Menores o qué sé yo. Presiento que las televisiones acudirán cuando la sangre llegue al río, cuando descalabre a algún profesor o acribille a patadas a algún compañero. Me pregunto quién se lavará primero las manos. ¡Ah claro! Se podrá echar las culpas al pobre profesor o profesora que esté de guardia en esos momentos. Ahí tenemos al último peón de esta desastrosa escala corporativa para responsabilizar de todo este atroz desaguisado.
Al día siguiente el pupilo se presentó como si no hubiera ocurrido nada. Obviando la lógica expulsión. Lógicamente se tuvo que llamar al cuerpo de policía. Deseé saber cómo era el alumno en cuestión. Quería ponerle rostro, pues toda esta información la he ido recabando de uno u otro testigo. Efectivamente, era un joven muy alto, fuerte y fibrado como para poder lanzar un artefacto tan pesado a muchos metros de distancia. Un chaval mulato ataviado con esos rizos o guedejas con que muchos jóvenes adornan su frente. Este último dato se me ocultó porque no debe usarse estos calificativos: negro o mulato. Pueden ser susceptibles de racismo. Mejor me callo. La ley del silencio está imponiéndose. De hecho, me lo imaginaba rubio y blanquito como los de Europa del Este. Pero esto también puede ser tabú. O simplemente un españolito más procedente de una familia desestructurada. Muy pronto este último adjetivo será sustituido por otro eufemismo.
Permanecí ciertamente desalentado al ver al alumno acompañado en el patio por cuatro agentes que lo custodiaban amablemente al exterior. Me estaba preguntando por el incierto futuro de ese pobre chaval, víctima de la misma sociedad que lo ha acogido. La que se preocupa tan solo por lo políticamente correcto y olvida lo sustancial: ese menor no debe permanecer más tiempo en un centro escolar. Debe ser atendido por otros profesionales y debe ser ubicado en otro centro, me refiero concretamente a un centro de salud mental o un psiquiátrico: no me quiero andar por las ramas por querer ser hipócrita o políticamente correcto.
De un tiempo a esta parte se está desvirtuando el concepto de Diversidad. En un aula es cierto que debe haber todo tipo de alumnos y alumnas. No debemos evitar al alumnado por su origen o diferencias. Pero este caso concreto debe ser atendido y ayudado por otros organismos.
Esperemos que no nos lamentemos cuando ocurra alguna desgracia. Tarde o temprano sucederá.
CRÓNICA DE UNA
DESGRACIA ANUNCIADA
JOSÉ LUIS RAYA
Al final de aquella reunión con denominación conventual, nos informaron de que al centro iba a llegar un alumno que venía expulsado de otros tantos colegios e institutos. Coincide la información con la conclusión de la tremebunda lectura del malagueño Miguel Ángel Oeste “Vengo de ese miedo”, una suerte de excelso biopic literario donde relata el cruento maltrato al que fue sometido por parte de su progenitor.
Pero no nos desviemos de lo que trato de esbozar. La directora nos informa del minucioso protocolo de actuación: en el aula deben estar dos profesores de apoyo y varios docentes en el pasillo de guardia. Evidentemente la alarma que generó fue desmesurada y lógica al mismo tiempo. Nunca habíamos estado en ese estado de alerta. A mi cabeza, siempre en ebullición, llegaron las imágenes de Hannibal Lecter en “El silencio de los corderos”.
No estoy bromeando aunque lo parezca. No es para menos.
Durante un almuerzo en Sacaba, conozco casualmente a una profesora que fue testigo del último incidente de este alumno en su anterior centro. Resulta que llegó tarde a clase, entró sin pedir permiso —esto ya es lo de menos— y se sentó al final del aula. La profesora que impartía clase en ese momento le pidió explicaciones al respecto, con educación y prudencia, por si la bestia se ofendía. Sin embargo, el susodicho explotó como un volcán enfurecido y lanzó su propio pupitre contra la profesora, el objeto volador pasó rozando las cabezas de todos sus compañeros como un misil mortal. La docente logró esquivar aquella arma de destrucción masiva. En EEUU podría ser el perfil del alumno que acude al centro y se lía a disparar a todo bicho viviente.
Obviamente este cándido menor, aunque salvaje, fue expulsado y denunciado.
La Administración, la Inspección, la Delegación o quien fuere, pasa la patata caliente a otro instituto, como si el gravísimo problema fuese a enmendarse cambiándolo de lugar. También me entero de que la criatura lleva siendo expulsada desde 4º de Primaria. Sigue igual o peor. Fíjense ustedes las soluciones que están ofreciendo desde más arriba. Ahí están los profesores, que sirven tanto para un roto o un descosido. Nuestra última función consiste en transformarnos en saco de boxeo.
El pupilo acudió a matricularse con su madre a mi centro laboral. Parecía excitado y contento por su nueva etapa. Sin embargo, ese mismo día, ya iba dejando tras de sí un reguero de insultos y amenazas al personal no docente, a las mujeres sobre todo. Parece ser que los varones le imponen un poco.
Tramitando el papeleo, se acercó a la madre para pedirle algún documento y esta ocultó su cabeza bajo sus brazos. No hay que ser muy perspicaz para intuir claramente que la madre está siendo maltratada por su propio vástago. Por ello he mencionado al principio la nueva obra de Oeste, ya que la violencia de género puede adoptar diferentes y macabras formas.
El primer día de su incorporación la volvió a liar parda, poniendo en peligro la integridad física de una directiva. Mejor me callo los escabrosos y violentos detalles para eludir el morbo, ese morbo que está alimentando a esta lamentable, patética e indolente sociedad, ávida de noticias truculentas e indiferente al mismo tiempo con todo aquello que no le repercuta directamente. Resultado: nueva expulsión, durante 29 días. Hasta que regrese y vuelva a cometer otra tropelía. Me pregunto qué tipo de tragedia deberá ocurrir para que intervenga AASS, la Fiscalía de Menores o qué sé yo. Presiento que las televisiones acudirán cuando la sangre llegue al río, cuando descalabre a algún profesor o acribille a patadas a algún compañero. Me pregunto quién se lavará primero las manos. ¡Ah claro! Se podrá echar las culpas al pobre profesor o profesora que esté de guardia en esos momentos. Ahí tenemos al último peón de esta desastrosa escala corporativa para responsabilizar de todo este atroz desaguisado.
Al día siguiente el pupilo se presentó como si no hubiera ocurrido nada. Obviando la lógica expulsión. Lógicamente se tuvo que llamar al cuerpo de policía. Deseé saber cómo era el alumno en cuestión. Quería ponerle rostro, pues toda esta información la he ido recabando de uno u otro testigo. Efectivamente, era un joven muy alto, fuerte y fibrado como para poder lanzar un artefacto tan pesado a muchos metros de distancia. Un chaval mulato ataviado con esos rizos o guedejas con que muchos jóvenes adornan su frente. Este último dato se me ocultó porque no debe usarse estos calificativos: negro o mulato. Pueden ser susceptibles de racismo. Mejor me callo. La ley del silencio está imponiéndose. De hecho, me lo imaginaba rubio y blanquito como los de Europa del Este. Pero esto también puede ser tabú. O simplemente un españolito más procedente de una familia desestructurada. Muy pronto este último adjetivo será sustituido por otro eufemismo.
Permanecí ciertamente desalentado al ver al alumno acompañado en el patio por cuatro agentes que lo custodiaban amablemente al exterior. Me estaba preguntando por el incierto futuro de ese pobre chaval, víctima de la misma sociedad que lo ha acogido. La que se preocupa tan solo por lo políticamente correcto y olvida lo sustancial: ese menor no debe permanecer más tiempo en un centro escolar. Debe ser atendido por otros profesionales y debe ser ubicado en otro centro, me refiero concretamente a un centro de salud mental o un psiquiátrico: no me quiero andar por las ramas por querer ser hipócrita o políticamente correcto.
De un tiempo a esta parte se está desvirtuando el concepto de Diversidad. En un aula es cierto que debe haber todo tipo de alumnos y alumnas. No debemos evitar al alumnado por su origen o diferencias. Pero este caso concreto debe ser atendido y ayudado por otros organismos.
Esperemos que no nos lamentemos cuando ocurra alguna desgracia. Tarde o temprano sucederá.






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