Las normas
http://www.diariosur.es/opinion/normas-20171211011833-ntvo.html
A mis alumnos les explico que la argumentación inductiva consiste en
partir de un caso particular, una anécdota por ejemplo, hasta llegar a
la tesis o idea principal, expuesta al final del texto como colofón.
En la zona cardiovascular del gimnasio municipal de Torremolinos me
encontraba – podría ocurrir en cualquier otro- realizando mis ejercicios
al ritmo que marca un reloj electrónico: cada sesenta o setenta
segundos suena un timbre para que el usuario cambie de aparato
gimnástico, ya que de esta guisa resulta mucho más beneficioso para
nuestra salud. Sin embargo, hay algunos usuarios (por no decir muchos)
que hacen caso omiso de esta norma básica de entrenamiento y cuando hay
que proseguir con la dinámica establecida permanecen utilizando la
máquina y realizando más series de las permitidas, o incluso siguen
sentados leyendo o escribiendo sus wasaps mientras el siguiente usuario
que debe utilizar esa máquina ha de saltarlo con el fastidio lógico y
consiguiente/consecuente. A veces, se inicia algún conato de trifulca o
inocua discusión que pudiera concluir en acalorado enfrentamiento. Un
servidor dejó de discutir y de educar a esos usuarios pasotas que van a
su bola y hacen lo que les viene en gana, porque comprobaba que estaba
malgastando mi tiempo y tan sólo podía conseguir que me subiera la
tensión, con lo que cuando suena el timbre ya salto al usuario que
permanece impasible sentado mirando a palomo y me dirijo a cualquier
máquina que esté libre. Todo esto trataba de explicarle a un joven que,
indignado, trataba de explicarle, a su vez, a un señor hecho y derecho
que debía avanzar cuando sonara el pitido. Los mismos monitores ya han
desistido de instruir a esa caterva de personas que hace sencillamente
lo que le da la real gana. Muchas de ellas son padres y madres, cuyos
hijos imitan cual pipiolos cualquier actitud. Luego vienen las típicas
quejas de que no pueden doblegarlos, ni obedecen las normas.
No es que sea un caso aislado, sino un caso ilustrativo para que
veamos cómo funciona nuestra sociedad. Lo comprobamos conduciendo,
observamos cómo hay conductores que no sólo conducen alocadamente,
arrollando con su exceso de velocidad o cambiándose de carril
indebidamente, sino también los que van muy lentos por el carril
inadecuado. Luego, en ciudad aparcan donde les parece, zona de carga y
descarga, doble fila, zona reservada para minusválidos o en la entrada
de un garaje. Son los típicos listillos, más bien sinvergüenzas. Raras
veces se detienen ante un paso de cebra, de ahí las reverencias y
saludos que hacemos cuando alguien nos permite cruzar tranquilamente por
donde marcan las normas. Yo he llegado a ver una irónica genuflexión de
un peatón. Para que aprendamos a guardar nuestro turno en la cola se
inventó el dispensador de números, así no hay peleas sobre quién llegó
antes y de camino se le da un zarpazo a esa picaresca que tanto ha
caracterizado al español.
Todavía comprobamos cómo hay demasiada gente que arroja los papeles
al suelo – seguramente en sus casa no lo hagan- y que no se preocupan
por reciclar ni siquiera el vidrio, ni tampoco esos incivilizados
amantes de los animales recogen las cacas de sus mascotas y las dejan en
medio de la acera. No hay nada más que ver cómo hay bares o cafeterías
con montones de servilletas de papel alfombrando el suelo, junto con los
desperdicios de tapas, raspas de pescado o mondadientes; antes, todo
este conglomerado iba acompañado de cientos de colillas, ahora unos
cuantos las arrojan a la calle, los otros en los ceniceros apropiados
para ello, porque, desde que se multa, los ciudadanos se lo toman en
serio y salen al exterior para echarse un pitillo y departir. Está claro
que no avanzamos sino hay multas o sanciones que nos alienten.
Esta picaresca y este caos fundamentado en “el todo vale” y “yo hago
lo que quiero” pensaba yo que se producía en Andalucía con más ahínco
que en el resto de España. Pero ya vemos que es algo que radica en la
misma esencia de la idiosincrasia del español.
Esto de saltarse las normas y las leyes se puede dar a pequeña
escala, como en todos estos ciudadanos “de a pie”, o a gran escala, como
en estos ladrones, ministros y diputados incluidos, que roban a
mansalva; como a escala sideral, hablamos de esa gran parte de catalanes
que se salta la madre de todas las leyes: la Constitución.
Obviamente hemos conocido- y aún “haylas”- leyes absurdas,
anacrónicas, demenciales, justas, injustas, irónicas, tremebundas,
lógicas, ilógicas, proporcionadas, comedidas, incontrovertidas,
controvertidas, desmesuradas, mesuradas… y así una retahíla de
calificativos con los que podemos estar más o menos de acuerdo. Lo que
está claro es que ante ese descontento de una ley determinada, lo que
hay que hacer es cambiarla, pero he ahí la paradoja y no puede ser de
otra manera: precisamente se puede cambiar bajo el prisma que la misma
ley permite, esto es, democracia. Si esto también le importuna le queda
la opción de trasladarse a otro país o aguantarse con su democrática
nación.
De momento, aprendemos sólo con multas, sanciones y cárcel.





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