DOCENTES
DOCENTES
http://www.diariosur.es/opinion/201702/27/docentes-20170227003940-v.html
El célebre juez Calatayud ha visitado Málaga y por
donde quiera que vaya despierta interés y expectación. Es una persona afable,
cercana y campechana. Por ello cae muy bien a todo tipo de personas, sobre
a todo a nosotros, los andaluces. La gente necesita muchas veces que se les dé
un empujoncito y se les recuerde en ocasiones lo que resulta tan obvio, y por
ello invisible a los ojos: La educación
en valores. Durante la más pura/tierna infancia se cometen muchos errores y se
desarrollan lentamente durante la pre-adolescencia hasta llegar a la edad
púber, en la que nos podemos encontrar con verdaderos chicos-as problemáticos
que pueden ofrecer el perfil de delincuentes o criminales – Calatayud dixit-. Ha faltado la educación en deberes, que se
ha obviado, frente a los derechos que han primado, incluso con su peor disfraz:
los arbitrarios caprichos. Es
entonces cuando los padres y madres claman y ponen el grito en el cielo y
empiezan a preguntarse en qué han fallado. Es cuando sería ideal que hubiera
una cámara que les mostrase una retrospectiva de aquellos primero años (tiernos
e inocentes) en los que el niño o la niña apenas sabía balbucir/balbucear tres
o cuatro palabras y ya se le reía sus hoscas travesuras y permitían que se
impusieran sus caprichos y toleraban sus pequeñas crueldades.
Llegado
este momento, ese diablillo maleducado, caprichoso, tirano y agresivo entra en
el instituto “asalvajado” y con la misma actitud con la que ha sido malcriado.
A esos padres o madres tan sólo les
queda la esperanza de que el maestro reeduque a su hijo o hija. Y ahí deja
"el marrón". Muchos de estos padres y madres se desentienden
completamente porque "ya no pueden más" y se niegan a colaborar.
Otros se enojan y te contestan de malos modos porque solemos pedir
explicaciones o sencillamente informamos de la deplorable actitud de sus
hijos-as. La mayoría de las veces asienten con vergüenza o resignación, otras
se ofenden y defienden a sus propios hijos maleducados, incluso gritan y faltan
el respeto (entonces recuerdas lo de
"de tal palo tal astilla"). En ocasiones, nos recuerdan que
ahí estamos para educarlos y un cúmulo de despropósitos que uno llega a
la triste conclusión de que realmente se debería empezar por educar al padre o
a la madre y, por el camino que vamos, no me extrañaría que, tarde o temprano,
permanecieran los centros educativos abiertos para estos fines.
Entre otras
ocupaciones, los docentes tenemos que controlar las faltas de asistencia,
supervisar (lógicamente) las tareas encomendadas, organizar las actividades
extraescolares, controlar durante los recreos que mantengan una actitud
civilizada, es decir, que no se peleen, que no griten, ni arrojen papeles ni
desperdicios al suelo. También hacemos de vigilantes por si pueden traer del
exterior tabaco u otras cosas peores, debemos vigilar que no deterioren el
material, como pintar en las mesas o arrancar las teclas del teclado de los
ordenadores o que no pinten en las paredes del aula o en las puertas, por
ejemplo. Tampoco deben pintarrajear los libros de texto, debemos estar atentos
al material escolar, que no se extravíe
o que entre ellos no se lo hurten, desde lápices o bolígrafos, algunos pierden
su libro y se lo sustraen de la mochila al compañero. Procuramos que entre
ellos no se falten el respeto (primer indicio del bullying), que se sienten
correctamente o que no griten en clase. Que no se levanten sin permiso ni
tampoco usen el móvil, ese móvil carísimo cuyos padres les han comprado a
duras penas, algunos con la última paga del desempleo. Cuando nos encontramos
el material de las aulas tics deteriorado tenemos que hacer de detectives para
investigar de dónde procede el desperfecto. A veces, un servidor, preocupado
por los decibelios, les enseño que no necesitan gritar para comunicarse a unos
centímetros de distancia. Cuando llega el verano y el calor hay que recordarles
que no asomen en clase con chanclas y bañador. Otras veces, empleo mi
tiempo en enseñarles que se llame a la puerta con discreción y no se aporree, y
que después se pida permiso para entrar y que se diga "buenos días".
Insistimos no sólo en el orden sino también en la puntualidad, pero esto
empieza ya a convertirse en un mal menor. Hay padres o madres que no acuden a
la cita del tutor y aparecen el día o la hora que les da gana y luego se quejan
de que no estamos. A las ocho de la tarde, desde luego, el profesor o profesora
no está allí esperando a que se dignen a aparecer. Y así un sinfín de
multitareas que nos impiden desarrollar una programación con normalidad.
Tampoco se atiende, como es debido, al alumno responsable y educado que puede
rendir mucho más y mejorar porque nuestro tiempo es absorbido por los
anteriores. A todo esto hay que añadir esa presión burocrática y asfixiante
concentrada en programaciones, adaptaciones, control de ausencias en el
programa Séneca, concertar citas, clasificar partes de faltas, programar
actividades, preparar y corregir exámenes, reuniones didácticas varias etc.
Si este humilde artículo cayera en las manos de este
magnífico juez, le rogaría que se pase por cualquier centro de Andalucía y
compruebe el lento y progresivo deterioro de la enseñanza pública que coincide
con el progresivo deterioro de nuestra sociedad. El tiempo cuenta y no sé si aún estamos a tiempo de
salvarla.






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