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OBRAS MAESTRAS



Obras maestras
J.L. RAYA PÉREZ



Para establecer que una obra creativa – pintura, novela, película…etc.- sea o no una obra de arte es el tiempo el que la determina, así como el hecho de considerarla como un clásico especialmente. Si bien, pudiera parecer increíble que disponiendo de tantos elementos cuantificadores y cualificados sea precisamente el paso del tiempo el que finalmente dictamine el calificativo de “maestra” para una pieza musical, cinematográfica o artística en general. Si iniciáramos un repaso básico a esto tendríamos que aludir en primer lugar a “El Quijote” - todos sabemos que fue considerada en sus inicios como una simple historia, divertida e inocente, para concluir en la obra maestra que es-. Podemos citar un amplio acopio de piezas que pasaron sin pena ni gloria y con el andar del tiempo se han convertido en clásicos indiscutibles. Muchas veces basta para que un avezado crítico destape la caja de los truenos y rescate del olvido y del ignominioso ostracismo a esa obra indispensable para entender la evolución de un género o al complejo ser humano, nada más y nada menos. Incluso obras del gran Shakespeare que en su día fueron abucheadas, hoy ya son indiscutibles. Podríamos mencionar otros grandes creadores universales como Verdi, Tchaikovsky, Goya, Van Gogh… en nuestra mente todos tenemos a algún artista que en su momento fue menospreciado incluso, y que ahora es absolutamente imprescindible. En muchas ocasiones se adelantan a su tiempo por su temática, su forma o estructura y de ahí la incomprensión antes mencionada, otras recogen y afianzan todas las características del género y lo condensan, lo replantean o lo cuestionan. En otras muchas ocasiones siguen la línea clásica con absoluta perfección y la mayoría de las veces conservan ese “no sé qué” del que nos hablaba Bécquer. Es la magia o el embrujo que se escapa a toda regla y te roza el alma. 



Si nos vamos al cine mencionemos “La noche del cazador” de Charles Laughton, en su momento totalmente infravalorada. “2001: una odisea en el espacio”, “Vértigo” de Hitchcock, “El resplandor”, que llegó a estar nominada a dos Razzies incluso, y qué decir de “Ciudadano Kane” o de la inefable “Blade Runner”,  o de aquella “Sopa de ganso” de los hermanos Marx.




Pues bien, no ha sucedido lo mismo con la maravillosa “La,la Landa” (La ciudad de las estrellas) que, pese a haber sido refrendada por público y crítica, aún hay voces discordantes/disonantes que la consideran vulgar o mediocre o que no es para tanto.

En sus méritos a destacar se encuentra el gran número inicial que pasará a la historia del cine como aquellas vertiginosas coreografías de “West Side Story”; esa indiscutible y sólida química que se destila entre sus protagonistas, tan intensa como la de Jack Lemmon y Shirley MacLaine en “El apartamento”; esa congoja sostenida de amor casi inalcanzable de Audrey Hepburn y George Peppard en “Desayuno con diamantes”; o ese pudo haber sido de “Esplendor en la hierba” entre Natalie Wood y Warren Beatty. Todo el código clásico está combinado perfectamente en “La ciudad de las estrellas”, incluso esa partida inevitable que todos conocemos pero que esperamos hasta el último segundo que no se produzca en “Casablanca”. También nos podemos encontrar con esa dulce voz de una espléndida Emma Stone, lo mismo que la increíble Julie Andrews de “Sonrisa y lágrimas”. Pues bien, todo este conglomerado es “La ciudad de las estrellas” y, aunque no puedan competir con los grandes Fred Astaire y Ginger Rogers – obviamente estos son bailarines-, la gracia y la delicadeza de sus pasos hacen que sus contoneos y sus giros sean más que plausibles. Y para solventar esta descompensación los enamorados ascienden a las estrellas donde dan rienda suelta a su amoroso baile. También nos vamos a encontrar claras remembranzas de “Medianoche en París” de Woody Allen y cómo no de “Café society” por mencionar algo más reciente. 


Los amantes del cine clásico estamos de enhorabuena por esta suprema “La,la land” pues podemos paladear esas grandes obras maestras de nuestro cine -en su momento muchas de ellas infravaloradas-. “La ciudad de las estrellas” pasará a la historia como ese musical que se funde perfectamente con su guion y sus vericuetos hasta hacerlo desaparecer prácticamente dentro de las entrañas de esa prodigiosa banda sonora, cargada de ricos matices, acordes y momentos excepcionales, compuesta por un inspiradísimo Justin Hurwitz, que nos deleitará plenamente desde sus primeras notas.

Hay que añadir, por último,  esa inusual química que desarrollan sus protagonistas: el tiempo lo confirmará. En cualquier caso esto es algo que se aprecia por el sexto sentido y que no necesita ni globos ni óscares para existir.

El gran mérito de este “La,la land” entre tantos otros, ha sido el poder de retrotraernos a ese magia del cine clásico de antaño –que ya no se hace- a pesar de que se desarrolla en la actualidad. Difícil papeleta que ha superado con nota un sobresaliente director, Damien Chazelle. Y ese sublime final que la redime de cualquier altibajo y que todos suplicamos que no se produzca. Es precisamente  lo que distingue a las grandes obras maestras: lo inefable. 
Nota: Olvide sus problemas antes de entrar.

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