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Adictos al guasap







Adictos al guasap

Se está consolidando como el principal medio de comunicación o contacto entre todos nosotros. Hasta hace poco todo el mundo se llamaba entre sí y platicaba/ hablaba, la comunicación resultaba casi plena, lo único que nos privaba de ello era la unión visual que nos puede ofrecer una conversación tête à tête, aunque algunos lo hiciesen a través de video llamada, con lo que a la riqueza propia del lenguaje oral se le unía la imagen, esto es, gestos, miradas o ademanes. Por ello usamos los emoticonos, que nos ayudan a interpretar con cierta certeza la intención del emisor, muchas veces oculta tras un tropel de palabras inconexas, abreviadas, incoherentes y plagadas de erratas o faltas de ortografía. Es por lo que se vuelve a re-escribir para seguir matizando o aclarando lo anteriormente expuesto, ya que el receptor divaga entre la incertidumbre, el deseo, la certeza o la desazón que atrapa al emisor. Los mensajes, al carecer de los elementos extralingüísticos que aporta el lenguaje oral, suelen ser ambiguos – a no ser que se trate de algún monosílabo- y puede crear cierto malestar entre el origen y el destinatario de la comunicación.  Son los sucedáneos de nuestros antiguos telegramas, si bien estos, como sabemos, en ocasiones crearon distintas interpretaciones y problemas añadidos por su brevedad.


 


Si la comunicación resulta totalmente sesgada, debemos considerar la enorme ventaja de poder enviar y recibir archivos de audio y fotos. Ya sabemos que una imagen, en ocasiones, vale más que mil palabras ¡Lo que uno se ahorra si tenemos que explicarlo¡ En efecto, se trata de eso, de economizar en recursos expresivos, lo que no podemos entender del todo es que se pierda tanto tiempo tecleando si hablando atajaríamos el problema o el asunto en treinta segundos. Esos treinta segundos de aclaración se pueden transformar en un día completo de esclavitud, o en semanas. Nace, pues, el adicto o adicta al guasap.

 

 


Podemos apreciarlos en las cafeterías, bares, peluquerías, todo tipo de colas: bancos, hacienda, cines, paro... Se convierte en una suerte de onanismo continuado, reduciéndose tus aspiraciones comunicativas a un perpetuo pulsador que escupe fonemas y transforma tus pensamientos en soslayadas señales. La cuestión se retuerce aún más cuando en una reunión de varios amigos-as, la conversación languidece porque uno siempre empieza a consultar o a garabatear con su smartphone, además hay que mostrarlo, especialmente si se trata de un último modelo, puesto que  te has privado de verdaderas necesidades prioritarias para gastarte un dineral, que solo sirve para reenviar los insulsos chistecillos que todos recibimos varias veces seguidas a lo largo del día.


Los he visto, como zombis, andando y tecleando  o consultando, seguramente, un mensaje inconexo o enviando una historieta o una foto que después tu vecino o un colega te reenviará. Es la metáfora más insultante de lo que es una grandísima pérdida de tiempo. Incluso de soslayo los he visto conduciendo y “guasapeando” a la par. Todo un ciego y peligroso despropósito. Las parejas sentadas en una cafetería no hablan entre ellas, prefieren contar nimiedades con un amigo o cualquier conocido-a. Estamos llegando a la deshumanización global de las relaciones humanas. Los jóvenes se reúnen en cualquier parte y se limitan a “guasapear”, a veces se muestran las fotos o los archivos que reciben, en ocasiones muy infortunados. Y se ríen y se divierten. Es el nuevo estado del ocio.


El adicto vive permanentemente atendiendo a su smartphone, consulta cada pocos minutos si han respondido a su mensaje o si está recibiendo uno nuevo. Necesita sentir que es reclamado por sus contactos y que es objeto de sus atenciones y prioridades. Es posible que se esconda una lamentable baja autoestima tras esas consultas compulsivas. Lo veo en muchas partes, incluso en alumnos-as, mayores de edad, que interrumpen el ejercicio o desatienden al profesor para consultar lo ya consultado, para explorar, por debajo de la mesa, o con absoluto descaro, el vacío de un mensaje hueco y anodino que no le aporta nada. En alguna ocasión, colmado de paciencia, he tenido que repetir lo ya explicado, porque ya me niego a llamar la atención día tras día sobre esta actitud dependiente-compulsiva.


La última moda ha sido la formación de diferentes grupos: amigos, vecinos, antiguos compañeros, familiares de diferente índole y todos con distintas afinidades, pero unificados al mismo tiempo bajo un mismo patrón. En ocasiones, son formaciones efímeras para concretar acerca de algún evento o cita común. Se saludan, se felicitan los cumpleaños, las navidades y los santos. Otras veces sirve para revivir un contacto perdido y eso siempre es muy positivo, son aquellos viejos amigos de la adolescencia o la infancia. Es ciertamente enriquecedor en este sentido, pero las llamadas brillan por su ausencia. No hablamos. Quién sabe si se trata de una máquina que responde desde el otro lado. No podemos saberlo con certeza.


 

 

 

 


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