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Oscura ignorancia










OSCURA IGNORANCIA
José Luis Raya

El final del curso tiene un olor inequívocamente a tiza, a libro, a cuaderno y a goma de borrar que permanece flotando por las aulas y pasillos, al menos de momento. El sempiterno mapa de la Península, con España y Portugal al completo, como si fuésemos un mismo corazón, ha sido sustituido por las pizarras digitales, más frías pero más divertidas. A los críos, hoy en día, hay que camuflarles los austeros contenidos bajo una pantalla lúdica para que puedan ser asimilados mejor, y no los relacionen con algo aburrido y decadente. Me pregunto cómo se desenvolverán en su futuro si faltasen las nuevas tecnologías, pero estas van a más y, lamentablemente, no sólo los alumnos, sino muchos adultos, no se preocupan por aprender o acumular conocimientos, ya que pulsando una tecla del móvil o de la tablet obtenemos la solución. Ya hay quien piensa por nosotros. Esto es lo peor de todo. Que piensen y decidan por nosotros mismos. Habrá programas que nos resolverán no sólo las dudas, sino lo que debemos comer- ya los hay- ropa que elegir o deportes que practicar – seguro que los hay también- y muy pronto pulsaremos un botón y aparecerá en la pantalla el partido al que debemos votar, es más, podremos votarlo desde nuestra tablet. El futuro se aprecia más impersonal y distante que el que imaginó Orwell, Ray Bradbury o Aldous Huxley, entre otros. No creo que viajemos a un mundo feliz,si bien la felicidad puede residir en nuestra mente como una irónica distopía, como lo relatara Phillip K. Dick en Podemos recordarlo por usted al por mayor, luego vertido - que no versionado- en las pantallas por Total recall.
En mi cabeza aún reverbera el sonido de la dulce prosa de Platero y yo, y mi retina aún conserva los contornos magistrales de las ilustraciones que Doré plasmara en El Quijote, y que me ayudaban a entender las disparatadas aventuras del Ingenioso Hidalgo. Todavía destilan magia e ilusión los colores que plasmaron geniales dibujantes en los cuentos de Andersen, Perrault o los Grimm. Es mucho más barato regalar un libro... y mucho más provechoso.
Casi todos los escritores e intelectuales, por no decir todos, han imaginado un futuro absolutamente enajenado, frío e impersonal, en el que el hombre es dominado y controlado por las máquinas. Recordemos a El centinela de Arthur C. Clarke en la que se basaría S. Kubrick para contarnos su Odisea. Sinceramente, no creo que deseemos un futuro como el que se nos ha pintado tanto en el cine como en la literatura. Por eso, muchos recomendamos los libros que huelan a papel y a tinta, con las ilustraciones que de pequeños nos hacían soñar y volar por parajes ignotos y lejanos. Me sigue gustando el olor a tiza y a lápiz, a ceras y a colores Alpino, y las películas en blanco y negro de Chaplin o Buster Keaton  Es mejor que nosotros mismos las coloreemos con nuestra imaginación y pongamos los diálogos apropiados en cada momento. Ahora buscamos la realidad fidedigna del 3D para que todo esté bien mascado y nuestra mente no tenga nada que aportar. Esto es en lo que los grandes maestros de la literatura futurista confluyen: que no pensemos, ni imaginemos, ni decidamos. Este es el verdadero peligro: que dirijan nuestras vidas y nos anulen como personas. Y poco a poco lo están consiguiendo, como no despertemos y tomemos las riendas de nuestra vida y de nuestra capacidad intelectual nuestro libre – que no libro- albedrío se hará añicos, como un espejo que se precipita contra el suelo. Por ello, cada día los alumnos leen en clase y continúan la historia que acaban de leer,  e incluso ellos imaginan un final, un final que ellos han calibrado y han decidido. Ellos toman conciencia de que son dueños de su destino y de su futuro y que ni siquiera está escrito en las estrellas, igual que en las tragedias griegas o en La vida es sueño. El hombre siempre ha tenido miedo a perder su identidad, a no decidir y a ser víctima de su propio destino, pero es que poco a poco, nos estamos metiendo en un callejón sin salida. Tenemos tiempo de volver la vista atrás y recular. Tenemos la opción de mirar hacia donde está la luz y no adentrarnos en un profundo piélago insondable de obtusa y oscura ignorancia.

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