La rata
- Ilustración de Antonio Porcel
La rata
Les aseguro que no
me había percatado de que convivía con una rata hasta que una tarde de siesta
la sentí hurgar en los bolsillos de mis pantalones, que había dejado bien
doblados encima de la silla del dormitorio. El ruido metálico que produjeron
las monedas al caer sobre el suelo me despertó de súbito. Entonces la vi,
aprecié perfectamente su lomo y su pelaje marrón verdoso y su hocico peludo, y
sus ojos vidriosos y puntiagudos que me miraban desafiantes antes de
escabullirse por la puerta entreabierta. Desde ese preciso momento la escucho
trastear en las habitaciones de arriba, incluso alguna noche he creído percibir
entre sueños sus agudos chillidos. Cada día se iba transformando en un ser
mucho más esquivo y rencoroso, siempre acechándome desde algún rincón. Alguna
vez, mientras veía la televisión, sentía su presencia tras de mí, pero al
volverme se marchaba para no ser vista emitiendo un grito estremecedor. Su
imagen se ha convertido para mí en una angustiosa obsesión. No dejo de pensar
en ella, en el trabajo, por la calle, en el autobús... Ya no puedo llevar a mis
amistades a la casa porque nada más
entrar nos la topamos en el centro del salón mostrándonos sus dientes rabiosos,
y si la visita es de alguna chica se abalanza sobre ella y la emprende a mordiscos.
Créanme esto es espantoso.
Recuerdo
perfectamente el día en que nos casamos, de blanco y por la iglesia
naturalmente. Iba tan radiante y hermosa que parecía augurar una eterna
felicidad. Ella era complaciente, tierna y mimosa. Sin embargo algo salió mal.
Algo que no logro comprender, era un ser
adorable, hasta que se fue
transformando, muy lentamente, sin darme cuenta, en un ser tan repulsivo y
odioso como una rata.



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