Menosprecio
de corte y alabanza de aldea
José
Luis Raya
Menosprecio
de corte y alabanza de aldea.
Fue Fray Antonio de Guevara quien escribió esta apología sobre las
aldeas y los pueblos en detrimento de la corte, esto es, la ciudad,
en 1539. Fue nombrado, a la sazón, obispo de Guadix. Fray Luis de
León también deseaba alejarse del mundanal ruido en su Oda
a la vida retirada. ¡El
ruido que podría haber en el siglo XVI en los burgos de Castilla¡
Si bien el ruido, en sentido figurado, puede ser la alteración y el
desequilibrio del estado de ánimo.
Obviamente eran otros tiempos. Cualquier tiempo pasado fue anterior.
O quizá mejor, como más adelante veremos.
Parece
ser que el calor húmedo y pringoso de septiembre, y que se prolonga
hasta octubre, está feneciendo y empieza a refrescar. Ya era hora.
Noviembre nos espera con aires frescos. Las playas no resultan tan
apetecibles. Es el momento de retornar a la aldea y visitar los
maravillosos pueblos del interior que recorren la provincia de
Málaga, de norte a sur y de este a oeste. Es el momento de descubrir
o redescubrir los sobrecogedores atardeceres del Chorro o de La
Axarquía, o perderse por los Montes de Málaga, la Sierra de las
Nieves, el Valle de Abdalají, la Serranía de Ronda, la Sierra de
Mijas o el interior de Vélez. Son tantos los hermosos paisajes y
lugares por presenciar y visitar que resultaría ignominioso acudir
antes a otras regiones mucho más retiradas, teniendo todo esto tan
cercano. Sus hotelitos con encanto y sus casas rurales, y sobre todo
su rica y suculenta gastronomía, rociada con los apetecibles y
sabrosos vinos de Málaga, resultaría sacrílego perdérselo. La
provincia de Málaga no sólo ofrece estupendas playas. Los que se
aburren los fines de semana tienen un mundo por descubrir al alcance
de la mano. Es una pena que el malagueño desconozca todo esto y que
tenga que ser un foráneo el que se lo recuerde.
Muchos
ayuntamientos, desde Mijas Pueblo, Nerja, Frigiliana, hasta Estepona,
que parece tan lejana, como Córdoba, nos recordaba Lorca, han
engalanado sus calles más típicas con preciosísimas macetas de
geranios. Incluso los tiestos son de colores diferentes dependiendo
de las calles y callejones, que se muestran tan limpios y frescos.
Todo un estallido de color sobre un fondo blanco refulgente. Se
saborea Andalucía a cada paso.
Después
de alojarnos en un hotelito con encanto de Alozaina, tranquilo,
rústico y moderno a la par, con un servicio exquisito y a un precio
más que asequible, nos dirigimos a visitar (o revisitar) los
alrededores. Llegamos hasta El Burgo, donde se celebraba la original
fiesta de los Bandoleros, y degustamos los platos típicos de aquella
época, a un precio casi irrisorio: dos euros cada platito con
cerveza incluida. Muy pronto la fiesta de Las castañas en La
Yunquera.
Pero
no todo el monte es orégano.
Al
llegar al, otrora, bello pueblo de Casarabonela, descubrimos
un lugar desprovisto de belleza, triste y despellejado. Apenas había
flores y macetas colgadas de sus balcones y ventanas. Al hablar con
sus vecinos y hosteleros, nos confesaron, en voz baja, que hay un
grupo de vándalos que se dedican a saquear y a romper todo lo que
decore y embellezca el pueblo. Sus vecinos están asustados e
indignados. En “España no hay justicia” nos comunicaba un
anciano apretando los dientes. Nos quedamos muy sorprendidos y
compartimos su callada indignación.
Es
hora de nombrar a Lope de Vega y a Fuenteovejuna ¡Todos
a una¡
El pueblo tiene que unirse y enfrentarse a esta injusticia. Ojalá
esta humilde protesta no caiga en saco roto y la Junta, que tanto y
tan bien defiende nuestra tierra, tome cartas en este vergonzoso
asunto, que lo sufren a diario sus vecinos y el viajero que se
acerque, pues no podemos disfrutar de la sempiterna beldad de
Casarabonela, ahora saqueada y ultrajada. Un pueblo no debe estar
sometido a los vaivenes y caprichos de una caterva de jóvenes
maleducados y gamberros, en algunos casos con la connivencia paterna,
ni someter a sus vecinos a sus gratuitos y perversos destrozos. Es
cierto. No hay justicia.




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