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El certamen Literario


 
El certamen literario    
 

 

Caía la tarde, parda y oscura, y Nicola se sentía cada vez más desahuciado y perdido, puesto que cada vez que iniciaba unas nuevas líneas comprobaba que no explicaba exactamente lo que se proponía, y ante tanta desazón y despropósito llegaba, incluso, a aullar y estrujaba el papel entre sus feroces dedos. “¡Dios mío dame el nombre exacto de las cosas¡” – vociferaba- Y recomenzaba  la escritura con mucha más parsimonia si cabe, pero al instante se apoderaba de nuevo el frenesí, pues intuía que  iba a tener una  noche aciaga. Él es consciente de que cuando no brotan las palabras con toda su frescura o su delimitación semántica más o menos aproximada es mejor desistir en ese momento y esperar a que de nuevo se le acerquen las musas, aunque siempre ha renegado de la visión romántica del escritor que trabaja por pura inspiración. En realidad se ha sentido mucho más próximo a los antiguos postulados marxistas, en los que el escritor es un simple trabajador y reproductor de un cuerpo ideológico y social, que es donde él mismo se desenvuelve, heredero a la vez de todo un material histórico que nos configura completamente hasta diluirnos en un todo. Sin embargo, en su fuero interno, reconocía que había algo, un “no sé qué”, que es imposible de sistematizar… Finalmente suspiraba con decaimiento: “Hoy no estoy inspirado”. Se acostó con desasosiego ante la recurrente idea de pensar que, como escritor, carecía de cierta capacidad estilística y lingüística como para publicar y competir con otros escritores noveles que se abren paso en esa ardua labor, ya que los consagrados, los diplodocus, como Nicola los llama, ya poseen su territorio completamente vedado, aunque escriban absurdas e incomprensibles novelas o textos, en muchos casos cargados de una sintaxis frondosa y hueca, y a la vez recurren a lugares comunes o se convierten en seres repetitivos, tan inermes como inertes. Nicola habitualmente se aburre con la lectura, sobre todo con la de sus coetáneos, porque suelen carecer de imaginación y de ciertas estrategias persuasivas para que el lector se vea  ligeramente atrapado  entre sus líneas. Sólo con el título de un libro ya esbozaba una completa mueca de asco, parece como si hubiera un listín  ya elaborado para que el autor, o la editorial, eligiera el que le interesara, desde los primeros párrafos inhalaba dentro de sí la desidia y el hastío, y si a duras penas conseguía llegar al final, creyendo que el colofón podría redimirla, se daba por satisfecho. ¿Y los nombres?, pero si en España todos tenemos dos apellidos, pues no, se empeñan en usar el primero, como los ingleses: Eladio Póstumo, Urania Gutiérrez, Diego Valcárcel, Lupe Troyano. ¿No hay nadie que se llame Ana Martínez Ramos  o Pepe Fernández Serrano? Han de ser apelados como los personajes de los culebrones o sencillamente han de sonar a novelescos. Pensaba que  le gustaría hacer una criba de títulos, personajes, estilos y argumentos inicuos, emulando  lo que hiciera Cervantes en el capítulo VI del Ingenioso. Suponía que todo esto se debía a las modas literarias, y todos han de hablar o escribir siguiendo las mismas pautas. Llevamos muchos años soportando la novela histórica – pensaba con desaliento- y cualquier texto con cierta base o inspiración histórica y algunas dosis de intriga merecía ser editado, aunque el pastel estaba más que repartido. Códigos, criptas, secretos, códices, manuscritos, incunables se convertían en amuletos para los editores, y el lector, como cualquier consumidor, tenía que someterse a lo que había.

 

Nicola tenía en el cajón de su escritorio varios trabajos rechazados por distintas editoriales, un montón de concursos literarios de novela, de novela corta y de relatos fallidos, ya que el fallo no se decantó por ninguna de sus obras. Solía leer las premiadas para, en principio, localizar o apreciar esas destrezas o méritos que las habían conducido al galardón, sin embargo su congoja y su desaliento aumentaba hasta convertirse en zozobra inútil y enfermiza que desembocaba en un trastorno depresivo en el que de nuevo recurría, bajo prescripción médica, al anafranil. Se consolaba pensando en cómo su admirado Manuel Prada se presentó a cientos de certámenes antes de ganar el premio “Universo de Novela”, y eso le incitaba a persistir, no obstante consideraba que dicho concurso era un club privado en el que casi siempre no ganaba el mejor, sino, quizá, el más comercial, se refería al escritor.

 

En cierta ocasión realizó una estricta selección de cuentos y relatos breves originales, y, para que el comité de la editorial no lo dudara demasiado le ofreció prologarlos a alguno de sus conocidos, escritores menores  que ya habían publicado en editoriales con cierto renombre. Empezó con Paulo Aranda, sin embargo éste ya se sentía encumbrado en lo más alto del Olimpo y posiblemente su prestigio cayera en picado por respaldar a un completo desconocido, siguió con Tonio Enrique, el cual, parece ser, que se encontraba inmerso en una absorbente novela y escribir unas líneas podría descerebrar su engendro. Incluso, consideró que sus historias cortas podrían ir amenizadas por unos cuantos grabados o ilustraciones, se lo ofreció a una íntima que sólo había expuesto en el salón de su casa, pero ésta desestimó la propuesta por miedo a que la editorial le cortara parte de sus dibujos. Con cuánta facilidad y ligereza uno se coloca los laureles del triunfo, cuando aún se encuentra en pañales, cuánta estulticia y arrogancia. Nicola no encontraba el más mínimo apoyo. Todos  parecían una caterva de folclóricas que compiten por la fama y por ver quién lleva la bata de cola más vistosa. Y recordaba los arduos enfrentamientos que siglos atrás entablaran Quevedo y Góngora, al menos éstos sí eran genios. Por todo ello no se introducía en grupos o colectivos de escritores, ya que sólo apreciaba esnobismo, falsedad y petulancia. Prefería, si acaso, observarlos en la distancia, como Cernuda un poco, apreciar sus estudiados ademanes, sus fingidas y disparatadas extravagancias, sus vestimentas desfasadas en algunos casos, a lo Valle-Inclán o a lo Bécquer. Seres conscientes, al menos, de su bajo atractivo físico que intentan suplirlo con su verborrea decimonónica para atraer y seducir a sus seguidoras, jóvenes e impresionables. Y otros se esfuerzan en aumentar su ya consabido amaneramiento para captar la atención de los demás. Lo raro verdaderamente es ser sencillo y natural, como el resto de los mortales. Y todo esto Nicola lo extendía a pintores, actores, escultores, poetas y artistas en general, independientemente de su fama o reconocimiento. Pocos se libraban de este dictamen, como Nuño Molina, o Garrido Montero- curiosamente de los pocos que firman con sus dos apellidos-. Lo que Nicola desconocía era que su actitud también podría igualmente clasificarse en un grupo: el de los frustrados.

 

En cierta ocasión leyó, como en tantas ocasiones, un anuncio en el periódico en el que se convocaba un concurso de relatos acompañado de un suculento premio de treinta mil euros. Se propuso participar, pero esta vez tenía que ganar, no podía, de nuevo, soportar otra humillante derrota, no deseaba  leer y releer el cuento ganador para no descubrir ningún mérito entre sus líneas ni que contribuyera a su ya profundo y agudo malestar. Si el jurado por una vez apreciara su estilo, sus argumentos, su originalidad, seguramente podría convertirse en el primer escalón para triunfar definitivamente y continuar el tradicional vapuleo, y todas las zancadillas que a él le pusieron las repetiría con la misma inquina. De manera que se puso manos a la obra y, como carecía de tiempo suficiente como para escribir un nuevo relato, comenzó por lo que mejor sabía hacer: desechar. Reunió todas sus narraciones y de esa selección en negativo pasaron a la final diez, de las cuales debía elegir la que impactara de lleno a todos los miembros del jurado. ¿Pero cómo saberlo? ¿Qué es a lo que ellos darán prioridad? ¿Al argumento? ¿La estilística?  ¿La originalidad? ¿Al conjunto en general? ¿Acaso no estará amañado y el ganador resultará ser un escritor de renombre como Sánchez Reverte o Luciano Umbral? Nicola se debatía ante todas estas interrogantes y al mismo tiempo dudaba si elegía finalmente “La invitada” (reflexión que una mosca realiza al colarse una tarde de verano en una casa), “La rata” (que cuenta  la transformación en rata de una esposa leal), “La ejecución” (se centra en el sufrimiento de una grapa antes de salir al exterior y que le doblen las patas para sujetar unos papeles). Creyó que todas estas historias resultarían tan originales que las tacharían de pretenciosas. Había compuesto docenas y docenas de estas sorprendentes narraciones y las rechazó porque los jurados suelen ser muy conservadores y premian lo lingüística y políticamente correcto. Tocaba multitud de temas: la soledad, la vejez, la ludopatía, la incredulidad, los celos, la depresión, el poder, la libertad, la ingratitud… pero no sabía cuál podría captar la atención del respetable. No es la idea central en sí lo importante sino el desarrollo y el enfoque de la misma, eso lo sabía cualquiera. De todo se ha escrito y todo se ha analizado. No es el contenido propiamente lo esencial sino la forma. De nuevo regresamos a la pura dialéctica entre “forma y contenido”. Pero la originalidad también cuenta ¿no? Ser el primero en algo es muy importante, iniciar una nueva corriente pictórica o musical, o escribir el relato más corto de la historia, como lo hiciera Agustín Monterroso. Entonces se le encendió la bombilla del ingenio y decidió escribir sus peripecias acerca de la composición de un relato, el proceso morfosintáctico y lexicológico necesario para componer un texto con proyección universal y que a su vez tuviera formato de texto ganador. Probablemente se trataba de reproducir literalmente todas sus elucubraciones pero, de nuevo, se apoderaba de su semblante la incertidumbre y la desconfianza. Se sentía en un oscuro y angosto callejón sin salida. No tuvo más remedio que idear un pseudo secuestro, el del Presidente del Tribunal o de algún miembro de consolidado renombre y reputación. Después ya idearía qué le iba a decir o qué sobornos utilizaría.

 

   No le costó mucho esfuerzo averiguar que se trataba del académico Pep Gimferrer, llegó a duras penas a las puertas de su domicilio, se apostó en uno de los chaflanes próximos a su edificio y sacó un pitillo –Nicola no fumaba pero la escena bien merece un cigarro- , transcurrieron varias horas, la templaza de la tarde otoñal se enfrió conforme la noche se desperezaba. Lo vio aparecer con su paso desgarbado y atuendo elegante a la par que descuidado. Era como un Woody Allen alargado. Lo embistió de lleno y le aconsejó que lo siguiera hasta su coche sino quería tener problemas. Pep miró a su alrededor intentando localizar una cámara oculta, después se encogió de hombros y fue tras sus pasos como diciendo: “bueno, no tengo nada que hacer…”

    Nicola lo amordazó levemente y lo ató a la pata de la mesa de la cocina. Nunca Gimferrer había si testigo y víctima de un secuestro tan chabacano, en realidad se sentía algo furioso por el procedimiento tan poco glamoroso. Nicola inició una conversación- en realidad un monólogo- y le soltó una tremendísima perorata sobre los concursos literarios y sus graves consecuencias en los escritores noveles que no son agraciados. Le exigió que le dictase un compendio de normas básicas para ganar un concurso. Pep Gimferrer zarandeaba la cabeza,  sorprendentemente aún se le sostenía el sombrero, su melena se agitaba,  llena de bullicio y de ira contenidos. Gruñó y Nicola le desató el vulgar pañuelo que le tapaba la boca. “Ets tan inútil com estúpid. Hi ha una extensa bibliografía referent a aixó.Llig-la” – gritó enérgicamente Pep- Nicola se trasladó a la habitación contigua para continuar su proceso selectivo o para componer su nuevo y exultante texto que revolucionaría las letras y quizá marcaría un antes y un después, y para que el excelso vate se mantuviera en silencio le permitió que contemplara “Cómo ser John Malkovich”, sin embargo éste entró en un lamentable estado de agitación y convulsiones. Pasada la medianoche, Nicola desató al exhausto Pep y lo invitó a cenar unas albóndigas y uvas negras. A partir de ese instante comenzaron a charlar y a divagar sobre la creación literaria. En un descuido irremediable, Pep le roció con un espray antivioladores que  portaba en uno de los bolsillos de su americana y se alejó de aquella escena absurda y ridícula blasfemando por la tremenda pérdida de tiempo, dio un portazo y gritó- jamás ganarás un concurso literario, mequetrefe- Nicola luchaba por recuperarse y tosía torcido como una alcayata. Nunca había experimentado tanta humillación. En ese fatídico instante renegó de todo y de todos y sus lamentos, improperios y maldiciones se extendieron como un humo maligno y oscuro…

 

Pasaron unos días de reflexión, muy apesadumbrados pero de una exquisita lucidez. El corsé que se le ofrecía para crear se escapaba de todos y cada uno de sus relatos: 11´5 páginas mínimo y 32 máximo, a doble espacio y que ensalce las virtudes de la amistad, la familia y el perdón. Nicola carecía de amigos, estaba soltero y sin compromiso y sus padres lo echaron de casa a los diecisiete años por robar un coche a un turista francés. Tampoco pensaba perdonar a Gimferrer por su terrible actuación. Tenía todo el argumento necesario para iniciar un relato sobre la venganza. Para empezar, a Pep le envió un anónimo especificándole que la próxima vez no será tan benevolente y le hará tragarse una a una todas las películas de Abbas Kiarostami sin beber un sorbo de agua. – Nicola ignora que Pep adora a Abbas- Lo que para unos es deleznable para otros es venerable.

 

 

El Jurado se encontraba una ventosa mañana de abril preparando la dinámica de trabajo y los trámites de selección y deliberación. Sobre una gran mesa alargada se encontraba apilado un ingente número de folios  extrañamente separados y clasificados. Nicola, cubierta su cabeza por un pasamontañas, abrió de una patada la inmensa puerta del salón y un revuelo de papeles mecanografiados a doble espacio y por una sola cara se apoderó de todo el habitáculo, subían y descendían caóticamente, unos  huyeron despavoridos por las ventanas que se encontraban entreabiertas y otros se adhirieron enérgicamente a los rostros del respetable que aún no había puesto cara de asombro, pues todo, absolutamente todo, requiere su tiempo. El primero en salir de su perplejidad fue obviamente P. Gimferrer que reconoció al terrorista literario porque portaba en su mano izquierda su espray antivioladores que es de una marca poco corriente, ni siquiera  puede encontrarse en Amsterdam. Nicola aún no había decidido cuál iba a ser su plan: mostrar el interior de su pesado chaleco cargado de explosivos; lanzar sobre la mesa distintas fotos de todos los miembros del jurado mostrando sus “ídems” en posturas muy comprometidas con personas, incluso, del tercer sexo; quemar los bloques de relatos que aún seguían apilados y que el concurso se suspendiera; leerles detenidamente su inestimable relato titulado El certamen literario, redactado en un par de horas, en el que expone las permanentes vejaciones y desconsideraciones hacia los escritores desconocidos y esto lo usaría de pretexto para salmodiarles cadenciosamente acerca de sus teorías literarias y de su tesis sobre la intrahistoria literaria, inspirada en Unamuno obviamente, en la cual se demuestra cómo existe una infraliteratura oculta que se remonta a los albores mismos de la humanidad y sacaría a la luz textos absolutamente olvidados, novelas proscritas, colecciones de poemas cubiertos de capas de polvo, miles de relatos desestimados en cientos y cientos de concursos, obras dramáticas y comedias jamás representadas ni publicadas. Todo esto representaría miles y miles de bibliotecas, billones de palabras, millones de títulos y argumentos, innumerables estructuras literarias, centenares de miles de personajes que nunca existirán porque todo este compendio yace en las más oscura de las catacumbas y se disponen en anaqueles imaginarios subterráneos. Hay una historia de la literatura encriptada no por su indescifrabilidad sino porque tribunales inquisitoriales han impedido a lo largo de la historia de la humanidad que esas obras vieran la luz amparándose en tratados de estética o en argumentos preconcebidos que son, sin duda, prejuicios. Sin embargo, Nicola optó por la solución más disparatada, ya que el boicot a veces funciona partiendo desde el dislate: inició una danza ridícula que concluiría en un absurdo desnudo integral. El Jurado se miraba sin creer del todo lo que estaba sucediendo,  se sentaron al unísono y esperaron a que aquel demente concluyera sus contorsiones que empezaban a ser un tanto escabrosas…

                   

 

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De repente todos empezaron a encogerse, parecía como si menguaran. La habitación y su contenido se achicaban, los muebles crujían y estos personajes se retorcían con dolorosas convulsiones. Se apretaron con inusitada fuerza y acabaron en una papelera repleta de papeles arrugados formando pelotas. Apenas gimieron, un triste lamento de dolor se escuchó… Probablemente jamás existirán.

 

P.Gimferrer se deshizo de esta surrealista historia, para empezar no le gustaba la idea de introducirse él mismo como personaje, ni la estructura tan desestructurada. Comprendía que no se ajustaba a ninguno de los cánones clásicos literarios. Volvió a iniciar su historia con mucho más cerebro y respeto por las conductas y normas tradicionales. Decidió cambiar el nombre de Nicola simplemente por Nicolás, le parecía mucho menos esnob. El inicio le gustaba y no lo cambiaría: “Caía la tarde, parda y oscura, y Nicolás se sentía cada vez más desahuciado y perdido…”  P.G. me observó con arrogancia, ignoraba que él mismo era otro personaje. Intentó sustituir el título del relato El certamen literario, que  había tenido durante tantos días en mente, por El desdichado Nicolás. Su atrevimiento le costó a su vez el mismo final que obtuvo Nicola y todos los miembros del Jurado. Arrugué con fuerza el odioso papel entre mis furiosos dedos.

P.G. dejó de existir. Una leve congoja de dolor exhaló. Fue a parar al lugar donde duermen todas las historias nonatas, las abortadas, quemadas, desestimadas, las olvidadas y también las despreciadas. Podemos acudir todos y observaremos una oscura y densa ciénaga cubierta de millones de hojas manuscritas. Es una ciénaga negra y extensa como un océano, de una densidad ilimitada y de una inimaginable profundidad. A ella se llega a través de un sendero pantanoso cuya ribera está salteada de árboles esqueléticos, una neblina amarillenta repta y nos conduce al cementerio de los libros muertos, muy pocos conocen ese triste lugar. Todo es inquietante silencio y de cuando en cuando un tenebroso lamento se escucha procedente de algún personaje sentenciado a muerte, miras alrededor para percatarte de dónde procede. A lo lejos, ulula del búho y la luna roja  proyecta sombras fantasmales. Caminas sin rumbo sobre un lóbrego lodazal, miles de papeles cubiertos de agua y barro adheridos a los manglares, tinta que se descompone y se borra, y un título que se hunde lentamente tragado por el fangoso y turbio olvido: El certamen literario.          

 

     

 

 

 

 

 


 

 

 

Comentarios

  1. ola profesor, es interesante tu blog me gustaria que me explicases como puedo crear uno.Espero tu respuesta

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  2. Pues no sé exactamente cómose hace. Me lo hizo un amigo escritor

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