NINGUNEAR
NINGUNEAR
JOSÉ LUIS RAYA
Hace
unos años que llegó a mis oídos esta palabra, no recuerdo si escuchando a los
parlamentarios o a algún crítico deportivo. Lo que sí puedo asegurar es que desde
entonces ha venido utilizándose con alegre prolijidad. Ningunear es algo que se viene haciendo en
este País con demasiada asiduidad. Me atrevería a afirmar que esta acción se
remonta a nuestra más tierna infancia, cuando ignorábamos al más débil, al
pequeñajo, al gordito, al tímido y nos sometíamos al despotismo del líder, del
grandullón, del fortachón o del más travieso. Ninguneábamos al empollón o a la
niña repipi y adulábamos al rebelde. Creíamos que nuestra seguridad y fortaleza
dependía de nuestra aceptación por ese líder que gradualmente iba conformando
su grupúsculo de acólitos.
Esa
tierna y lamentable infancia la repetimos hasta la saciedad bajo cualquier
formato y circunstancia. Se persigue al carismático, al poderoso, al rico o
simplemente al que tiene una buena posición social y económica. A pequeña
escala comprobamos cómo se invita al importante del grupo, al destacado por sus
cualidades de atracción y carisma o porque lidera una "manada", y se
ningunea al que pasa desapercibido, al parco en palabras, al que pide permiso
para todo, al que se mantiene al margen porque no quiere molestar. Volvemos a
repetir los patéticos esquemas de la infancia cuando ya somos más que adultos.
Comprobamos cómo hay llamadas que siguen perdidas
o correos electrónicos que no son contestados, porque tu persona es
sencillamente ninguneada, ignorada, ya que no está a la altura. Llamas, escribes, vuelves a llamar, ignoran tu currículum,
tus referencias, tu trabajo, tu valía, tu persona y tu diginidad. Aquí, en este
País, de caciquismo enquistado y endémico, se sigue atendiendo al poderoso, al
popular, al prestigioso, al célebre, y cómo no, al hijo del señor ministro, a
la cuñada de la diputada o al amiguísimo del consejero. Se van unos y llegan
otros repitiendo los mismos esquemas pestilentes y putrefactos. Si vas con
buena educación te ningunean y si recurres a las malas formas te apartan
definitivamente. A veces sólo queda, la falsa adulación,es el siglo de los lameculos, porque parece ser que es la
manera más factible de conseguir algo, de ser escuchado o atendido.
Lo
peor de todo es que se produce esto en todos los ámbitos. El que supuestamente
ha triunfado en el arte, el cine, la literatura, el deporte, la política... es
adulado, a veces, hasta la saciedad. Cuando a alguien se halaga, al mismo
tiempo hay otra persona que es ninguneada. El escritor novel tiene que llamar
insistentemente a las puertas de todo el
mundo, el consagrado tiene que cerrarlas, el que ha escalado un puesto,
mientras sube, va pateando al mismo tiempo al que queda por debajo. Los hay que
matarían por cenar con algún líder político, sin considerar su valía ética.
Cuántos españoles alardearían de haber cenado, o simplemente conocido, a Iñaki
Urdangarín, a Julián Muñoz, Roca o qué sé yo.
La gente babea y se arrastra por aparecer o por codearse con el líder,
con el poderoso. Lo hemos visto y comprobado con todos nuestros dirigentes
políticos... y así nos ha ido. Aznar en Las Azores, Zapatero con Obama, y
ahora, Rajoy, avanza a paso rápido y decidido, con la mano extendida para
saludar a La Merkel, Santa Merkel, sorteando y ninguneando a ministros o
presidentes de segunda categoría, de Chipre, de Grecia, de Portugal o
Irlanda... hasta estamparle dos sonoros besos a la líder, la Todopoderosa, la
que nos pide que nos arrestremos todavía más, la que disfruta de unos bonos a
un interés irrisorio mientras los "débiles" apenas podemos respirar
porque tenemos la soga al cuello. ¿No recordamos acaso cómo en la escuela, de
pequeños, si los débiles se unían y plantaban cara al grandullón las cosas
cambiaban radicalmente de la noche a la mañana? Ya va siendo hora de que los
griegos, italianos, portugueses, españoles... nos unamos y digamos ¡¡basta ya¡¡
Pero el matón de la clase sabía que si nos mantenía enfrentados él podía seguir
ordenando y disponiendo.
Y
usted, que parece ser que entre sus manos tiene ciertas riendas poderosas
sostenidas con ahínco, soberbia y desdén, escuche a sus semejantes, atiéndalos,
descuelgue el teléfono, conteste a sus peticiones, oiga sus pesares, solucione,
si está en su mano, sus demandas. Sea solidario. Le recuerdo que, no hace
mucho, en Francia, rodaron cabezas.




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