Carpe diem
Carpe diem
Que el verano un año más nos visita de nuevo es evidente, no sólo por
las temperaturas que comienzan a dispararse y por la calina que se presenta
toda ella vaporosa, sino por infinidad de sensuales detalles. Usamos ropas
mucho más ligeras, el dulce y penetrante olor del jazmín o la dama de noche
inunda nuestros sentidos, en la ciudad las terrazas se llena de gente para
disfrutar de las cervezas bien frías y los refrescos, en la playa los primeros
bañistas nos muestran sus pieles blancas, que han dormido durante el invierno y
los extranjeros nos hacen chirriar los dientes al verlos tan rosáceos, una
especie de dentera visual, en el campo y en la montaña los pájaros se
arremolinan y parece como si todos estuvieran en celo. Nos deleitamos con el
tinto de verano, que sin duda ahora sabe mejor, y con el pescaíto frito en
nuestros chiringuitos de toda la vida -
¡ay por Dios¡- que nos dejen nuestros chiringos, sin ellos nos romperían el
verano y todos perderíamos y engordaríamos a esa señora tan engreída , altiva y
déspota llamada “crisis” y retrocederíamos nuevamente como esos cangrejos y
langostinos a la plancha que nos permiten disfrutar de la vida.
En todas las encuestas que se realiza a lo largo y ancho del globo
terráqueo aparece España como uno de los cinco primeros países del mundo donde
mejor se vive ( ello sin considerar que tenemos igualmente uno de los
territorios con mayor riqueza artística y monumental del orbe). A pesar de la
antipática y odiosa crisis aquí se vive muy bien, y es precisamente en verano
cuando más podemos deleitarnos de los
placeres terrenales.Carpe diem. Aunque un estupendo clima nos acompaña
prácticamente todo el año. Disponemos, desde Nerja hasta Estepona, de una
enorme variedad de ciudades y pueblos para nuestro regocijo y disfrute. Uno
puede encontrar el bar o restaurante, la playa o el chiringuito que nos procure
algo de felicidad, y si deseamos playas, las hay dispares: familiares,
naturistas, nudistas, con paseo marítimo, con bares, sin ellos, cerca del
centro urbano, alejadas del mundanal ruido….Playas para hacer deporte, para
comer, nadar y disfrutar. Si deseamos glamour nos vamos a Puerto Banús o
a Marbella, si nuestra economía es más corriente en La Carihuela se come de
escándalo, si buscamos variedad y calidad en Fuengirola hay restaurantes
especializados en todo o casi todo. El Jolgorio y la marcha en la Costa Oeste,
un ambiente más rural y tranquilo en la del Este. Un ambiente de montaña en
Mijas pueblo o en La Axarquía,una especie de pulmón alpujarreño, si buscamos
monumentalidad en Ronda, o ciudades oníricas en El Torcal. Campo y naturaleza
fresca en “Los Alahurines”, exuberancia natural en el Valle del Genal. Sólo nos
faltaría traernos Sierra Nevada de mi
Granada. Quisiera actuar como José
Cadalso en su obra epistolar Cartas
marruecas: Aunque soy andaluz, español y de “Graná” aquí me he sentido como
en mi casa. Nadie se siente extraño en Málaga, esa sensación de hospitalidad y
bienestar la he experimentado en algunas ciudades, como en Lisboa, Madrid o
Dublín, por citar algunas. Y desde el “perspectivimo”, técnica cadalsiana muy
usada para alabar o criticar punitivamente hablando a una sociedad, quisiera añadir que no todo va a ser de color
de rosa. Observo que el malagueño convencional suele protestar mucho pero poco
hace por su ciudad, se queja contínuamente de su suerte, menosprecia a otras
ciudades, como Sevilla, he visto cómo hay algunos ciudadanos que dejan caer al
suelo papeles, plásticos o desperdicios, teniendo al lado una papelera. Desde
el coche en marcha arrojan sus colillas o la cáscara del plátano que el crío se
ha comido, o la lata de cocacola. Lo he presenciado en infinidad de ocasiones,
no son casos aislados. Y me he involucrado en llamarles la atención – mi vena
de profesor salta instintivamente- con desigual fortuna: unos se sonrojan y se
disculpan, otros se enfurecen y se sienten agredidos. El verano es demasiado
lindo como para enojarse con los que se enojan. Estos malagueños no aportan
nada a su ciudad ni a su entorno. A esos también quisiera dirgirme, que acuden
a cualquier sitio sin decoro, en bermudas y chanclas y sin camiseta: parece que
todo fuera una interminable extensión de sus playas. También he presenciado
cómo algunos se saltan los pasos de cebra indiscriminadamente, con el peatón
encima prácticamente, cómo nos hacen ensordecer con su música house o
tecno a toda pastilla, o con sus motos de ruidos ensordecedores que atronan
el ambiente y se jactan haciendo caballitos, sin casco ni nada de nada. O
conducen hacia las playas acercando los autos casi hasta la orilla, porque no
les apetece caminar unos pasos, y luego otros tantos no recogen debidamente sus
desperdicios de la arena, ensuciando y maltratando el medio ambiente. A estos
malagueños se les llena la boca con su Málaga y poco bien les hace. Unas
cuantas lecciones de civismo y urbanidad les haría falta. A pesar de éstos,
llamémosles anticiudadanos o antimalagueños, siendo benévolo, el verano acude y
nos acoge con los brazos abiertos, como una madre que se renueva año tras año y
nos ofrece su fresca lozanía. Si
corrigiéramos estos feos flecos el estío sería mucho más lindo, especialmente
si valoráramos y apreciáramos más lo que tenemos, que es muy rico y variado, y
nos lamentáramos mucho menos por lo que carecemos.



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