Cultura e incultura
La
crítica literaria descendiente del gran Alborg fundía la biografía del autor
con su obra. La mezcla aportaba coherencia a la comprensión de un poema o una
novela cuando determinados pasajes vitales condicionaban el devenir de su
creación literaria, pictórica o musical. En la Universidad de Granada, de la
mano de Juan Carlos Rodríguez, aprendí que, partiendo del materialismo
histórico, solo el contexto, es decir, el entramado socioeconómico, permitía
aproximarse con cierta certeza a una época, un género o un estilo. El autor
quedaba relegado a un segundo o tercer plano.
Al
principio me resultó sugerente. Interpretar toda la Edad Media como resultado
de las relaciones sociales basadas en la opresión entre dominantes y oprimidos
era novedoso y, sobre todo, rebelde frente a los tradicionales estudios
literarios. “El Cid” o “Los milagros de Nuestra Señora de Berceo” adquirían
otra dimensión. Sin embargo, al adentrarnos en la Edad Moderna o Contemporánea,
las biografías de los autores se volvían más nítidas y obviarlas me parecía un
sacrilegio. Tras un curso de crítica despiadada, basada en las principales
corrientes europeas, concluí que la opción más sensata era una fusión del
contexto sociocultural con las referencias biográficas sustanciosas, las que
permiten aproximarse a la comprensión global de “Marinero en tierra” o “Poeta
en Nueva York”, por citar dos poemarios esenciales del siglo pasado. Obviar las
vicisitudes de estos vates sobresalientes implicaría amputar claves decisivas
para entender su obra. Biografía, obra, sociedad y contexto histórico,
imbricados hasta el cansancio, constituyen una vía razonable para entender
nuestro presente.
Pero
ocurre que la incultura generalizada de nuestro entorno social, incluso a
escala global, resulta pasmosa. Plantear estas cuestiones a jóvenes y mayores
suena extravagante. No solo porque no reconocerían ni lo más elemental de lo
citado, sino porque la comprensión lectora se ha convertido en una rareza. La
gente no lee. Basta con recorrer la calle, encender la televisión o asomarse a
las redes para comprobar qué les interesa a jóvenes y no tan jóvenes. Las
pantallas de los móviles exhiben a personas que se graban bailando, repitiendo
parodias, fabricando memes o cultivando una escatología inagotable. Lo soez se
ha convertido en paisaje cotidiano.
El
uso principal de estos aparatos consiste en conjugar el verbo ver. Quien lee
algo se limita a los mensajes de WhatsApp, y ni siquiera eso, porque los audios
han tomado el relevo. Algunos conocidos confiesan sin rubor que, cuando un texto
supera las treinta palabras, lo abandonan. Detenerse ante un artículo, la
sinopsis de un buen libro o una crónica parece un esfuerzo intolerable. Ni
siquiera las críticas cinematográficas despiertan interés. Han visto la
película de turno y su veredicto se reduce a si era guay o no. La técnica, la
interpretación, el guion, el montaje o las influencias les resultan tan remotas
como la épica medieval. Indagar en la intención del autor es tarea ingrata. Y
cuando uno menciona fuentes literarias o cinematográficas del cine clásico, te
miran con una mezcla de compasión y fastidio, te tildan de pedante y continúan
con su análisis de barra de bar. Entonces me trago la soberbia y trato de
aprender, aunque la lección suela ser escueta y ruidosa.
El
devenir de nuestra sociedad se ahoga en la incultura con una docilidad
admirable. Siempre queda Google o la IA. Muchos admiten que no necesitan saber
nada. Pulsan una tecla y obtienen la respuesta. Lo dicen con la serenidad de
quien ha descubierto el fuego. Después de más de treinta años de docencia, me
ofusca comprobar que la juventud está cada vez peor preparada culturalmente.
Hemos copiado, con entusiasmo digno de mejor causa, a la sociedad
estadounidense, entregada al consumo y alimentada por banalidades. Sus conocimientos
geográficos, históricos o literarios son escasos. Los científicos tampoco
abundan. Consumen basura. Comida basura, bebidas basura y telebasura. Caminamos
en esa dirección con disciplina.
Los
jóvenes se especializarán en una tarea concreta y, fuera de ese territorio,
serán analfabetos funcionales. El mundo occidental parece diseñado para
consumir y deleitarse con trivialidades. La capacidad para comprender un texto
o interesarse por un tema será cada vez más débil. Entonces resultará sencillo
dirigirlos, persuadirlos y, llegado el momento, pedirles el voto. No
cuestionarán nada porque carecen de espíritu crítico y tampoco disponen de
herramientas para argumentar, contrastar u opinar con solvencia.
La incultura, acompañada de la
ignorancia, terminará siendo la base de nuestro confortable bienestar.
Piénsalo.




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