"Mi primera actuación" (este relato fue inspirado por Sandra Almodóvar)
MI PRIMERA ACTUACIÓN
Sandra Almodóvar in memoriam. Este relato me lo inspiró Sandra una tarde de verano mientras tomábamos unas cervezas.
DEP
Era mi primera actuación, lógicamente me sentía muy
nervioso, o nerviosa tal vez. Me encontraba entre bambalinas, completamente
vestida y maquillada. Me habían proporcionado un hermoso vestido blanco, bien
ceñido, alicatado con piedrecitas ovaladas y luminosas que parecían cristalitos
de Swarovski, lo remataba a la altura de las rodillas dos filas de
volantitos y una discreta Bata de Cola. Era
realmente un vestido muy rompedor para su época. Descorrí las pesadas cortinas
del escenario y observé que el nuevo disco bar de La Nogalera se encontraba a
rebosar, quería creer que todos habrían venido para verme y apoyarme, pero la
realidad era mucho más contundente: serían las once y media de un sábado
cualquiera del mes de julio de 1976. Apenas hacía ocho meses que Franco había
muerto. Nos creíamos que todo iba a ser jauja a partir de aquel veinte de
noviembre en que falleció y que se abriría un amplio abanico de libertades
coronadas por el arco iris, aunque yo tampoco soy muy dado a los grupos
cerrados y excluyentes, sería una contradicción que yo misma excluyera.
Seguíamos asustados, eso sí, ocultándonos en nuestras más oscuras mazmorras,
teniendo que fingir las veinticuatro horas del día y teniendo que estar
pidiendo disculpas, incluso con los tolerantes, por ser como somos. Los más
modernos nos toleraban, siempre y cuando no manifestáramos públicamente
nuestras inclinaciones, ni nuestros deseos. Aquello estaba muy feo. Incluso
ahora, en pleno siglo XXI, algún grupo extremista desea que retornemos a
nuestras catacumbas, de donde nunca deberíamos haber salido, como si fuéramos
apestados. Menos mal que en aquel tiempo Torremolinos se revelaba —y se
rebelaba— como la ciudad más fresca, libre y avanzada de toda España. Incluso
cuando Paquito estaba vivito y coleando se plantó cara a aquel sistema infame
que no dejaba vivir a los demás según sus creencias o sentimientos. Eran todos
ellos como una mosca cojonera: ni vivían, porque estaban mucho más pendientes
de lo que hacían los demás, ni dejaban vivir por consiguiente. Husmeaban,
observaban, te investigaban y te acorralaban hasta asfixiarte. ¡No tuvieron
bastante con fusilar a Lorca! La de obras maestras que se han perdido y que
nunca llegó a escribir porque le cercenaron su preciosa vida a los treinta y
ocho años.
Tan sólo quedaba
una hora para que comenzara mi actuación, pero yo ya estaba preparada, no tenía
intención de defraudar a mi jefe, que me había contratado y me había cobijado
en su propia casa, ni al público que había asistido para ver, supuestamente, mi
actuación. Disponía de un minúsculo repertorio de coplas de las folklóricas,
muchas de ellas eran el buque insignia de nuestra vida atormentada, cuyas
letras sufridoras, ardientes y desgarradoras, representaban, más que nada ni
nadie, nuestras vidas turbulentas y oscuras. Yo sabía que si bordaba mis interpretaciones me metería al
público en el bolsillo. Curiosamente mis coplistas favoritas habían tenido una
estrecha relación con Torremolinos, como Imperio Argentina o Marifé de Triana.
Dios las tenga en su gloria. Sin embargo, mi plato fuerte sería Y sin embargo te quiero de la gran
Concha Piquer. Recuerdo que había bajado toda la calle San Miguel con mi
maravilloso vestido blanco, toda engalanada con un clavel blanco que resaltaba
mi cabellera larga, negra y frondosa. ¡Resultaba tan natural y tan perfecta!
Por primera vez en mi vida estaba siendo yo misma. Radiante y feliz, como los
gitanos de Lorca, descendía la calle San Miguel para iniciar mi sueño, con todo
el garbo y el arte que podía desprender. En su momento, Torremolinos fue
honrada con la visita de Ava Gadner, Brigitte Bardot, Grace Kelly, Antohony
Quinn o Frank Sinatra, entre otros, por un lado era la década ominosa del Franquismo
y por otro la edad dorada de Torremolinos. No en vano Sinatra manifestó, como
muchos saben, eso de que Nunca volveré a
ese maldito país. Pues allí estaba yo, pisando fuerte. Algunos veraneantes
me fotografiaban como si yo fuera una verdadera estrella, la gente me abría
paso al mismo tiempo con simpatía y admiración. ¡No podía ni imaginar que
existiera un mundo así!
Volví a abrir las
cortinas del telón y, al fondo de la barra, aislado y meditabundo, con una copa
en la mano y un cigarrillo en la otra, lo vi, creí reconocerlo pero no llegaba
a estar seguro. Encendí un pitillo y bebí un sorbo de whisky, luego un largo
trago para tranquilizarme. No podía creer que fuera él. “Seguramente se
trataría de un doble”, pensé mientras me temblaba la mano; el cigarrillo cayó
al suelo y lo recogí, fumé hasta apurarlo mientras las lágrimas encendían mis
ojos, como si fueran ascuas.
Un vendaval de infames
recuerdos llegó hasta mi cabeza para empezar a incordiarme y a envilecerme. ¡No
podía ser él!, me dije confuso, o mejor confusa.
Yo procedía de un pueblo del interior de Andalucía, qué más
da su nombre. Todos estaban cortados por la misma tijera, al menos moralmente.
Crecí en el seno de una familia de clase alta, o muy bien acomodada se podría
decir, no me faltaba de nada, de nada material. Sin embargo, me faltaba amor y
cariño, lo más importante, al menos por parte de mi padre. Yo fui el menor de
cuatro hermanos, en realidad éramos tres hermanas y yo. Ahí estaba el problema.
El gran y vergonzoso problema.
Mi padre se
empeñaba, desde pequeño, en dirigirme y en adiestrarme como un buen macho, esto
es, fuerte y rudo. No había sido el varón que él anhelaba. Sus empeños en que
me gustaran los toros y jugara al fútbol resultaban infructuosos, me indicaba
que me fuera a jugar con los niños, sin embargo donde yo me sentía más cómodo
era jugando con las chicas, a las casitas, las muñecas y todo eso. Me regañaba
a menudo porque mis ademanes me delataban. Recuerdo con cuatro o cinco añitos
las broncas que me echaba por mi amaneramiento: una manita por aquí, una pose
por allá y un movimiento de cabeza a lo Rita Hayworth en Gilda. Mis hermanas, las tres hermanas mayores, reían y coreaban
mis actuaciones, mi madre sonreía para ensombrecerse al instante ante la airada
ofuscación de mi padre. ¡Qué dirá la
gente! ¡Esto es una vergüenza para la familia! ¡A este niño hay que darle un
buen escarmiento! Estas eran las
lindas imprecaciones que me dedicaba mi padre, con su cara redonda enrojecida
por la ira y su bigotito, como el del caudillo, a punto de desprenderse de su
labio tembloroso.
No puedo olvidar
el tremendo bofetón que recibí cuando mi padre me pilló in fraganti probándome
uno de los vestidos de mis hermanas. Era precioso, lleno de lacitos y
volantitos blancos y rosas. Después de aquella rastrera bofetada, mi padre me
abrazó para calmar mi llanto y taponar mis lágrimas que salían a borbotones.
¡Calla, calla ya, hijo mío!, no es para tanto, no te he
pegado tan fuerte. ¿Tú no entiendes que no puedes hacer esas cosas? Tú no
puedes ponerte los vestidos de tus hermanas.
Por un tiempo creí
que mi padre me quería porque de lo contrario no me hubiera abrazado. Quizás,
en agradecimiento, intenté cambiar; en el fondo yo lo quería, o quizás quería
que me quisiera. Deseaba halagarlo y, si no lograba que se sintiera orgulloso
de mí, al menos que no me despreciara. Tenía tan sólo siete años. De la noche a la
mañana, empecé a reprimir —no muchas veces lo conseguía— mis andares, mi forma de hablar y de moverme.
Cuando me tocó hacer la comunión sufrí aquel ridículo traje de marinerito que
todos los niños llevaban. ¡Cómo envidiaba los vestiditos blancos de princesa
que lucían las niñas! De alguna manera, me estaba desquitando de tanta
represión el día ese al que me he referido anteriormente, cuando bajaba la calle
San Miguel de Torremolinos vestida de blanco, como una gran princesa.
El azar o el
destino, o ambos a la vez, permitieron
que me cruzara con Damián una mañana apacible de finales del mes de septiembre.
Nuestras miradas se encontraron en medio de aquel tumultuoso mercadillo
dominical. Los feligreses salían de misa de doce y muchos de ellos acudían a
aquella hermosa plaza herreriana para pasear y comprar alguna bicoca. Damián
iba acompañado por sus padres, igual que yo, me fijé en su contundente estatura
y robustez y, sobre todo, en sus hermosos ojos grises aterciopelados.
Seguramente me llamó mucho más la atención que fuese siete u ocho años mayor
que yo. Siempre me han gustado mayores, quizás anduviera buscando el padre
ausente, como diría Freud. El padre ausente pero agresivamente controlador.
Lo veía siempre
acechante, vigilando desde las sombras, en cuanto me desviaba un poco
encontraba su mirada clavada en mi nuca o su semblante agrio indicándome el
camino correcto. A mi madre le tenía prohibido que me mimase en exceso, puesto
que el exceso de mimos mermaba la rudeza y la hombría. ¡No ves que estás amariconando al niño! De su amplia biblioteca
también ocultó las obras completas de García Lorca, que alguien le regaló de
manera clandestina, incluyendo unos libelos de los Sonetos del amor oscuro. Los localicé escondidos en el interior de
un arca, bajo un amasijo de ropa vieja. He de agradecer que mi padre me
castigara y me encerrara en la bodega, aquella tarde gris y lluviosa. No
recuerdo muy bien en qué mariconada me habría metido, de lo contrario no
hubiera sabido de su existencia. Intenté compartirlos con Damián, pero a él no
le interesaban esas majaderías. Él sí que podría representar esa rudeza que a
mí me faltaba, por ello tal vez nos complementamos y terminamos amándonos con
pasión. Al principio fue todo muy platónico, pero nuestras generosas hormonas
nos arrastraron hacia lo inevitable. Nos alejábamos y atravesábamos bosques y
campos lejanos para poder dar rienda suelta a nuestro deseo, ya que la realidad
y el deseo luchan de forma descarnada, en
duelo de mordiscos y azucenas. Una de aquellas noches, bajo un cielo
cuajado de estrellas fulgurosas, nos juramos amor eterno. Fue mi primer amor, la
primera y única vez que creo que fui feliz. Dicen que el primer amor nunca se
olvida; luego, con el paso de los años, uno lo sigue buscando en los amantes
sucesivos.
Todo duró hasta
que el gran ogro, maligno y siniestro, nos
descubrió. Era cuestión de tiempo. Era cuestión de lógica. El gran auscultador
andaba con la mosca detrás de la oreja, puesto que mis ausencias se prolongaban
cada vez más. Yo solo necesitaba estar con Damián, a todas horas y en cada
momento. Fue él precisamente quien me habló de un lugar llamado Torremolinos
situado en el corazón de la Costa del Sol. Allí uno puede ser libre para amar y
para vivir. Yo sabía que era un pueblo pegado geográficamente a Málaga y poco
más. Lo que desconocía era que podría ser una suerte de Shangri-La o algo
parecido, un paraíso de luz, sol, color y amor sin distinciones.
Tan sólo quedan treinta minutos para que salgas al
escenario, querida. Me susurra al oído una
de mis compañeras. Me atreví a salir al estrado para atisbar mejor si se trataba
de él… Ya no tenía duda.
Una de aquellas
noches de amor secreto y oscuro, escuchamos un extraño ruido entre la maleza
que nos resguardaba. Nos dispusimos a vestirnos precipitadamente cuando mi
padre se abalanzó sobre nosotros abriéndose paso colérico entre los breñales.
Jamás sentí tanto miedo. Sobre mí cayó sin piedad una lluvia de golpes,
puñetazos y patadas que recibí al llegar a casa, allí mismo en la bodega, que
se había convertido en mi calabozo. Mi padre amenazó a Damián con contárselo a
sus padres si nos volvía a ver juntos otra vez. Este me aseguró, mientras se
alejaba, que volvería para buscarme y que me quería, algo que irritó mucho más
al salvaje de mi padre. El camino de vuelta a casa en el coche fue silencioso y
angustiante. Sabía que algo iba a concluir muy mal, pues sólo lo escuchaba
maldecir y resoplar. Yo seguía con la cabeza agachada, asumiendo mi culpa y mi
destino. El recuerdo, los besos y abrazos de Damián me servían para repeler
cada patada y cada golpe que recibía del energúmeno. En casa nadie se atrevía a
rechistar. Todo era un negro silencio lorquiano, roto por los golpes y jadeos
del odio. De mis ojos apenas brotó una lágrima.
Dos meses estuve
buscando a Damián, lo buscaba por todos los rincones, buscaba por nuestros
lugares ocultos. Iba y venía. Me acercaba a su pueblo. Rodeaba los lejanos e
inhóspitos campos por donde paseábamos, cogidos de la mano, por donde nadie
podía vernos. Ni rastro. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. Así pues,
sin despedirme de nadie, ni del salvaje, ni de mis hermanas, ni de mi madre,
salí una noche a oscuras, sin ser notado, rumbo a Shangri-La, Torremolinos.
Casi ligero de equipaje.
Habían
transcurrido cinco años desde que abandoné mi hogar: mi infierno. Ya era la
hora exacta de salir al escenario. Había aprendido a ser más resuelta y
contundente, había ganado seguridad y carácter. Lo justo para ir tirando y
sobrevivir. Hubiera preferido elegir alguna de Sarita Montiel, pero esta me viene como anillo al dedo. Suena la copla que había preparado, tenía que darlo todo. Se me
pidió que me mezclara entre el público y que me relacionara con el respetable,
ahora se dice interactuar. Un artista debe ser muy
cercano. Allí estaba él, acodado en la barra, fumando y bebiendo
compulsivamente, perdido entre el público que abarrotaba el disco-bar, luego
diríamos disco-pub. Parecía que estuviera esperando a alguien. Un joven fornido
y apuesto se le acercó. Lo aprecié perfectamente, a pesar de la densa humareda
que recorría todo el local. En aquellos tiempos todo el mundo fumaba. Por un
momento creí que me habría localizado y que desearía saber de mí y saludarme,
sin embargo empezaron a besarse y abrazarse. Yo seguía cantando a duras penas
mi copla mientras me abría paso entre el respetable, lo tenía cada vez más
cerca, la garganta se me estrangulaba por el llanto y la emoción, lo cual
podría servir para otorgarle más veracidad a la letra. Los últimos clientes se
apartaban de forma intuitiva al comprobar que me dirigía hacia él. Los amantes
se separaron al encontrarme prácticamente encima. El joven apuesto se hizo a un
lado porque era evidente que deseaba plantarme cara a cara frente a ese señor
ebrio y risueño.
No debía de quererte, no debía de quererte, y sin embargo
te quiero.
Me quité la peluca
de un tirón mientras sonaban los últimos compases de la copla, me desmaquillé
con las manos temblorosas para que terminara de reconocerme. Observé su
bigotito sobre su labio tembloroso y su rostro encendido por el pánico y el
asombro. Tan sólo bastó un instante para mirarnos fijamente a los ojos y poder
reconocernos.
Un padre y un hijo
siempre se reconocen.
El público
aplaudía a rabiar mi primera actuación.
Fin
*En
el relato existen alusiones a García Lorca y algunas referencias a Antonio
Machado, Luis Cernuda y San Juan de la Cruz.

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Simplemente maravilloso
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