El ocaso de la literatura
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El
ocaso de la Literatura
José Luis Raya Pérez
Enfrascado en la promoción de mi nueva novela, estoy percibiendo una serie de sensaciones encontradas, enfrentadas o sencillamente contradictorias. Se conjuga el placentero estrés, que algunas actividades te crean, junto a las más halagüeñas expectativas o las más sórdidas acogidas, todo dependiendo del estado de ánimo que precisamente estés conjugando. Como la Gioconda.
Quizás, igual que MJ de Larra, me haya refugiado en los artículos periodísticos ante la desazón que produce concursar en certámenes literarios y quedarte a las puertas. Después, ante la curiosidad por conocer la obra galardonada y poder contrastar con la tuya propia, me invade una (mala) suerte –de- desazón o hartazgo o apatía o qué sé yo, por lo que vuelves a tirar la toalla. Sobre todo, cuando compruebas que el afortunado es intimísimo “de” o el afamado tertuliano de ese archiconocido programa, o este otro que sale dando gritos en la tele basura. ¡Cuánto celebro algunos de esos premios que desbordan talento y esplendor en cada una de sus páginas! Haberlos haylos. Son estos, al menos, los que irán engrosando nuestra magna historia literaria. Antaño, apenas se cuestionaban porque eran absolutamente transparentes, como el galardón que le fue otorgado a una jovencísima Carmen Laforet, el cual -como acostumbran a decir mis pupilos- fue más que merecido, ya que nos hallamos ante una obra imprescindible de nuestra literatura de posguerra. Después, paulatinamente han ido degenerando. Ha habido fallos literarios que han sido auténticos fallos.
Ojalá, como Juan Manuel de Prada, hubiese dispuesto de la inagotable biblioteca de su niñez. Aunque hubiese sido una diminuta parte. La pobreza también mordía el polvo y la cultura a destajo. Era un querer y no poder. Un par de libros de Julio Verne y algún que otro cuento de Andersen o de los hermanos Grimm. Este era mi ridículo bagaje. Así era imposible destacar, ni deslumbrar, en alguno de los certámenes que se celebraban. Me sobraba, quizás, imaginación y me faltaban recursos lingüísticos o literarios, pero el patito feo se convirtió en un cisne. Modestamente, o sin modestia, creo que pocos me tosen, tal y como está el panorama. El problema es que, por mi carácter retraído y un poco autista, como se me escapó en una de mis entrevistas, huyo de las tertulias –igual que Luis Cernuda- donde todo son risas, abrazos y guiños cómplices. Yo a mi bola. Y este ha sido mi hándicap. Perdón por el neologismo. Y luego, cuando intentas, de alguna manera, introducirte en algún grupúsculo para relacionarte, ya sea en vivo o en directo o a través de las RRSS, descubres los absurdos achuchones que se dan unos a otros, como las folklóricas de otra época. O las artificiosas lisonjas. Tampoco es tan destacable, pues sucede algo parecido en el gremio de los actores, músicos o artistas en general. Incluso deportistas. La competitividad en estado puro. Me he sentido en algún momento como un intruso que voy a quitarles el pan de sus hijos. Solo reflejo en mi rostro la sonrisa irónica, incluso sarcástica, que se me dibuja o desdibuja. Cada vez más perplejo y descreído –perdón por la elipsis-; especialmente porque nadie vive de esto, excepto los Reverte y compañía, Julia Navarro o Falcones, esto es, a tutiplén.
Las pequeñas y medianas editoriales son humildes empresas que nos ayudan a cumplir el sueño de ser leídos y que se reconozca nuestro talento. El tema pecuniario brilla por su ausencia. No he recibido ninguna compensación económica, si acaso en libros, pero, por otra parte, no es precisamente lo que voy buscando, sino extender y promover el sano hábito de la lectura. Algunos compañeros -y compañeras ¡por supuesto!- del gremio, como digo, me han visto como un advenedizo o un incómodo intruso, -o quizá sea debido a mi destartalada y misantrópica desconfianza-, y han taponado cualquier resquicio por donde pudiera colarme. Esto se refleja en ciertos pequeños desaires como el ninguneo al ignorar algún mensaje. No se dan cuenta, los muy insensatos, que esto es como los bares. Es mucho mejor abrirlos juntos. Como docente, he intentado promover y avivar el hábito de la lectura en este mundo más decadente y cibernético donde la imagen sigue arrasando. Casi todo el mundo conjuga únicamente el verbo ver (series, películas). Nos faltaba el metaverso y la IA. Y parió la abuela.
La lectura parece que está cayendo en un pozo sin fondo, en tanto algunos se obstinan en dar codazos y empellones a diestro y siniestro, empeñándose a la vez en escribir esos libros a lo Benet porque son sencillamente unos genios y las grandilocuentes editoriales editan con alegría… y el lector medio, y no tan medio, los deja a medias porque son sencillamente insufribles. Recuerdo cómo mis antiguos alumnos intentaban digerir, atragantados, un “Tiempo de silencio”, un “El cuarto de atrás” o un “Ulises” caótico. Por no hablar de una “Rayuela”, que a duras penas descifraban, si solo tienen como referente el Youtube, Whatssap y Tik Tok. Perdón por estos calcos lingüísticos. Es lo que hay. Pero muchos – o pocos- no se enteran de lo que hay.
A veces pienso que nos estamos aproximando al ocaso de la Literatura y que la lectura pasará al olvido. Es cierto que hay un amplio número de lectores fieles. Aparentemente numeroso, pero no es suficiente. Paradójicamente la nómina de autores sigue aumentando. Es como si hubiera más escritores que lectores, lo cual puede ser -de nuevo paradójicamente- una excelente arma, Gabriel Celaya dixit, para combatir esa apatía que para algunos supone abrir un libro y leer. Como siempre, y ante cualquier proyecto, la unión hace la fuerza. El hecho de ponernos zancadillas es un claro ejemplo de estulticia, algo impropio de los verdaderos amantes de la cultura.
Feliz Día del Libro



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