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LA VILEZA DE LO ESPONTÁNEO



La vileza de lo espontáneo
José Luis Raya Pérez



Si el lenguaje puede presentar una realidad poliédrica cargada de aristas, dobleces, insinuaciones y medias tintas, que sin duda una imagen nunca llegará a transmitir del todo – desechemos de una vez aquello de que una imagen vale más que mil palabras-, puesto que una imagen es inmutable, en cambio el lenguaje es absolutamente moldeable, puede mutar en cada segundo y lo podemos estrujar, dilatar o expandir, lanzar o recoger, de hecho se argumenta con palabras y no con imágenes, si bien el lenguaje oral vuela (verba volant), no así el escrito que es tan perdurable como una imagen. Sin embargo, la palabra (el lenguaje) si no se sabe manejar con soltura, si no se dispone de un bagaje amplio, si no es rico en matices y diversidad de estructuras,  se corre el riesgo de no saber o no poder transmitir aquello que se pretende, y aunque lo hubiéramos conseguido es necesario que el receptor disponga de las herramientas necesarias para poder decodificar íntegramente el mensaje codificado por el emisor.­





Lo anterior sucede continuamente en los textos cortos escritos y en las redes sociales. Cuando nos comunicamos por wasaps por ejemplo (guasaps) se tiende a la brevedad y a la concisión en cualquier caso, a veces nos apoyamos en los emoticonos con la única intención de que el receptor sepa interpretar correctamente el mensaje. Pero esto no sucede con frecuencia. Los mensajes son, a menudo, poco claros, tienden a la ambigüedad, no transmiten el sentir real del emisor y por todo ello y mucho más da lugar a multitud de equívocos y malas interpretaciones, que desembocan en discusiones banales que pueden concluir en peleas y se puede poner fin, incluso, a una amistad o relación. En muchos casos, el receptor no interpreta correctamente el mensaje – por falta de datos- y lo que fue enviado de una manera irónica o humorística el que lo recibe se lo toma a mal, en ocasiones depende mucho del estado de ánimo en que nos encontremos. Se trata, sin duda, de una interpretación pseudoemocional, es decir, nuestro estado de ánimo es el detonante principal para interpretar ese mensaje que carece de matices o especificaciones. Nos falta por consiguiente la parte extralingüística que desplegamos claramente en la comunicación oral. El emoticono, incluso, sirve de poco o puede agravar la confusión.




En las redes sociales (tipo Facebook) la gente suele interactuar con relativa frecuencia, no sólo intercambian sus propias opiniones sino que pueden compartir todo tipo de enfoques diferentes o informaciones, en muchos casos poco documentadas o falsas directamente (fakes). La comunicación es mucho más amplia y globalizada, sin embargo vengo observando la cerrada configuración de grupos en los que un líder lleva y trae a una serie de acólitos que le profesan admiración y coinciden absolutamente en todo lo que manifieste o exponga su líder, con lo cual, a veces, nos encontramos con grupos parecidos a una secta, en la mayoría de las ocasiones apostados en los controvertidos extremos que existen en la política o la religión.  Se asiste diariamente a diferentes controversias en las que un usuario, erigido por sus acólitos o porque se dedica a la literatura o es medianamente conocido, expone una opinión, casi siempre controvertida, y se genera una polémica en la que todos contribuyen, cual tentáculos o prolongaciones del líder, a difundir con las mismas tonalidades lo que el  adalid de la secta ha manifestado. Es así de duro y puede ser aún más si alguien ajeno se introduce en el grupo y difiere al respecto, es entonces cuando saltan los rottweilers del clan y agreden directamente al intruso con todo tipo de vejaciones. Si a esto se le suma las ambigüedades y vaguedades de las que se alimenta este tipo de lenguaje – espontáneo y descerebrado- se puede llegar a auténticas trifulcas.



Es una fauna variopinta la que puebla las redes sociales: profetas que lanzan sus mensajes apolíticos a diestro y siniestro; ególatras que buscan insistentemente “likes” y permanentes aprobaciones del respetable; narcisistas que espolvorean el FB de innumerables autorretratos y perfiles; frustrados que sólo están para agredir desde el minuto uno; anónimos que se esconden bajo un falso perfil para atacar en la mayoría de los casos; adictos que están permanentemente atados a las redes sociales y difunden y distribuyen todo tipo de informaciones u opiniones, a pesar de que nadie reaccione; los que siempre se quejan de todo y por todo; los monotemáticos del fútbol o los automóviles, las dietas, los libros, la música, los viajes… En fin, nos sirve a muchos como “revista” variopinta y diversa de innumerables temáticas y signos. Luego nos encontramos también los que defienden o atacan a este o tal partido, como si recibieran comisión, y otros son capaces de romper relaciones definitivamente porque uno defiende a  la Iglesia y otro la ataca con visceralidad animal: (o a Podemos/PP/Psoe/Cd´s...).




Pues sí, el guasap o las redes sociales pueden resultar muy beneficiosas, sobre todo cuando recuperas alguna amistad extraviada por el tortuoso camino del tiempo, pero también se puede convertir en la infame tea de la discordia y del malestar por sucumbir ante la vileza de lo espontáneo.

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*Hay escritores que escriben muy bien, pero no tienen nada que contar. Les falta algo fundamental: IMAGINACIÓN. Aburren desde sus primeras líneas, a pesar de su docto manejo del lenguaje condimentado con docenas de piruetas lingüísticas dirigidas a su propio onanismo. No saben fabular ni contar historias. Otros esgrimen y mantienen considerablemente el don de la imaginación, sin embargo su vocabulario es escaso e incluso cometen errores morfosintácticos. Una buena novela debe combinar ambos aspectos.


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