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REFUGIADOS












REFUGIADOS
J.L. Raya Pérez
Profesor y escritor.

La empatía es la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos, nos afirma la RAE. Sin embargo, algunos lo asimilan a/con antipatía o algo parecido. Son, en muchas ocasiones, los prejuicios y la ignorancia lo que envuelve al grave problema de los refugiados. Tan sólo hay que hacer, en primer lugar, un leve esfuerzo de imaginación y visualizar esas indignantes imágenes de Alepo que tanto estupor están produciendo – por otra parte me produce estupor que haya personas que estén tan insensibilizadas ante ello-.



El rechazo viene producido por la identificación de refugiados con delincuencia, radicalismo y problemas añadidos a una sociedad instaurada en el bienestar. Sin embargo, si pretendemos construir una Europa solidaria y progresista no podemos dar la espalda a estos seres humanos que precisamente huyen despavoridos del horror, de ese horror que tanto nos espanta a nosotros mismos. La empatía consistiría en pensar y decidir qué haríamos nosotros en su lugar. Pues, lógicamente, acudir a un lugar seguro donde puedan ayudarnos. Es simple ley de supervivencia.

Lo que se inició como las lógicas y necesarias protestas de “las primaveras árabes” contra el intransigente Assad derivó en una cruente guerra civil en la que se han establecido al mismo tiempo dos grandes bandos internacionales, uno de ellos liderado por Rusia e Irán que apoyan al presidente Assad y otro por EEUU y Arabia Saudí que sostienen a los rebeldes, pero hete aquí el extraño quid de la cuestión y es que entre esos rebeldes están los yihadistas, es decir, cuando combates al horror y éste se retuerce hasta multiplicarse por diez. Es un escenario realmente complejo, imposible de resumir en tres líneas. La opción más sensata es apoyar al régimen menos terrorífico: Uno de los comandantes de las “Brigadas Faruk” proclamaba un estado islámico moderado, sin  Al- Qaeda ni extremismos, mientras sus dos esposas, cubiertas con niqab y guantes, preparaban la comida a una decena de hombres. Y es que, disculpen ustedes, ante tanta mierda sólo te queda la opción de huir o morir.
                                                      




Si Europa pretende seguir siendo esa marca de Paz, Solidaridad y Prosperidad debe acoger a estas personas que escapan del horror, pero de una manera organizada y altruista. Los países hermanos musulmanes les dan la espalda, a saber los potentes y ricos países del Golfo Pérsico como Qatar, Emiratos Árabes, Omán, Arabia Saudí o Kuwait. La ONU debería presionar al respecto, pero de ahí proviene gran parte del petróleo mundial y a estos no hay que estornudarles: es patético el silencio, a propósito, de la diestra y siniestra, los unos por motivos económicos y los otros no sé muy bien por qué, quizás porque criticar a estos supondría la falsa idea de atacar al mismo tiempo al Islam: se funden y se confunden el cinismo con la codicia.

El último eslabón de la cadena sería el ciudadano medio que vive cómodamente en su adosado y dispone de un gran crossover de gama media, que ve Telecinco a escondidas y raja igualmente de quien ve “Sálvame” – ni tan siquiera reparan en el significado intrínseco de esta palabra para aplicarla concienzudamente a la realidad- Se preguntarán y esto a qué viene. Pues bien, éste sería el perfil de aquellas personas que se opondrían a la acogida de todos estos refugiados. Están aquellos hundidos en su propia ignorancia y por consiguiente colmados de prejuicios y miedos. Son los que identifican a los refugiados con islamismo radical. Tan sólo hay que recurrir a simples analogías para que lo entiendan: ni todos los vascos son terroristas, ni todos los hombres son maltratadores o machistas.

Aún así es comprensible que hasta cierto punto estén recelosos, pues se ha comprobado que entre todos ellos alguna oveja negra se ha colado, pero no podemos condenar a tantas y tantas personas inocentes al ostracismo por un malnacido que merece ser condenado y expulsado de Europa.

Por último, hay que respetar sus costumbres y ayudarles a integrarse y el que no esté dispuesto a hacerlo, que los hay, pues se  acompaña hasta el avión y se deporta y que desarrolle su integrismo donde pueda si es que puede, pero aquí no. Son muchos años de lucha por conseguir una tierra de libertades para que unos cuantos vengan a arruinarnos nuestro sistema. Y digo unos cuantos. No caigamos en el error de identificar esa parte con el todo, cual vil metonimia.

                                                  


La convivencia pacífica y solidaria nos compete a todos. Es un esfuerzo común que debemos hacer para que Europa pueda seguir enarbolando la bandera de la paz y de la integración. También podemos considerar, por último, y para los más reticentes, como los habitantes que nos faltan para seguir manteniendo nuestras futuras pensiones, que tantos quebraderos de cabeza están produciendo a ese español medio y no tan medio. Entre tanto, se mueren de frío, de hambre y de pena en esos desolados y atestados campos proscritos de refugiados. 

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