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LA LECTURA













La lectura
José Luis Raya Pérez


Después de leer el artículo de Rafael Argullol, titulado “Vida sin cultura”, se nos descubre un panorama un tanto desolador, en tanto en cuanto el hombre actual no se acerca a la cultura de una manera reflexiva o intelectual, sino que permanece en la superficie, acomplejado, quizás, por su falta de preparación o sencillamente por simple y llana comodidad, porque el ciudadano de a pie necesita que todo se lo den hecho y mascado, ya que su aportación mental es prácticamente nula, acuciado por la premura de lo transitorio y por el desafío altanero que lanza la imagen sobre la palabra, que se pierde en las brumas de la ignorancia y de las prisas cibernéticas. Incluso la propia imagen se desliza sin querer molestar ante las pupilas del espectador pasivo ¿Quién se detiene ante un cuadro, en  cualquier museo – sigue Argullol-, y  reflexiona, indaga y se pregunta no sólo por la forma – color/estructura- sino también por el contenido propiamente dicho? El captador de cultura actual no se detiene, pasa de largo, mira insustancialmente, e incluso de soslayo.

Argullol se refiere igualmente al pseudolector que huye de cualquier esfuerzo intelectual: complejidad, memoria o reflexión. A ello se le añade el desinterés que acompaña al acto de leer, muchos lo admiten por considerar que no disponen de tiempo, entre otras cosas/causas. Luego está el que se vanagloria de que nunca ha leído un libro. Esto seguramente sea lo más triste. Que uno o una se jacte de su propia incultura… ¡Y a mucha honra¡

Sin embargo, debemos preguntarnos por qué se ha llegado a esta situación. Supongo que tendremos que asumir responsabilidades. Cada cual en su ámbito. Empezando por los políticos, profesores, padres y madres, medios de comunicación y la sociedad en general.

Por la parte que a mí me corresponde, como profesor y “pseudoescritor”, procuro atraer, por una parte, a esa masa de alumnos y alumnas que reniegan de la lectura per se, ya que la consideran  aburrida y poco productiva (no sirve para nada), entre otras lindezas. Cuando tienen que enfrentarse a uno de los textos clásicos, desde El Cid a un poema de Pedro Salinas, hay que triturarles el texto y aderezarlo con diferentes salsas y condimentos para que pueda ser digerido. Con la carga de manipulación que eso conlleva y de “desfiguración” del mismo texto. Aún así, muchos no somos partícipes de empezar la casa por el tejado en el terreno literario o artístico. De todos es bien conocido aquello de que, para iniciarnos en la música clásica hay que empezar por Vivaldi, y, en poesía o literatura, por Bécquer, y no intentar que lean y comprendan de entrada al mismísimo Góngora, que incluso él mismo se vanagloriaba por dirigirse a una élite. Y es aquí a dónde quería llegar. Al narcisismo del escritor que se dirige a una minoría compulsada en su propia autofagia, que escriben y se leen entre ellos, porque los demás, pobres ignorantes, no están a la altura. Junto a estos se encuentran los editores y jurados que encumbran a un estupendo escritor, pero que no llega a esa inmensa mayoría que se sienta diariamente ante el televisor o se pasa horas navegando por un mundo virtual o por las redes sociales.

Hay que atraer a esa gran masa que ha olvidado cómo se lee un libro, a esos lectores potenciales, cargados de prejuicios, que se niegan en rotundo a abrir una novela o una antología poética. Y que prefieren mil veces antes ver la película a leer el libro.

Por lo tanto no tenemos que mirarnos tanto el ombligo y simplificar ciertas expresiones, tramas o vocablos que solo sirven para despistar o confundir al lector poco avezado y que  alienta al escritor ególatra, pagado de sí mismo,  que sólo escribe para autocomplacerse y satisfacer al crítico, y se olvida totalmente de ese lector que ya no espera nada. Esto no supone que se produzcan sólo best-sellers de dudosa calidad literaria, e incluso gramatical, no sólo hablo de las famosas sombras de Grey, sino que dejemos a un lado, momentáneamente, las técnicas vanguardistas, que pueden resultar incluso desfasadas: rupturas temporales, monólogos interiores que distorsionan la trama en sí, narraciones conductistas, farragosos vocablos que interrumpen continuamente la lectura para acudir al diccionario, y  que sólo apreciamos unos pocos y que muchos no entienden,  o estructuras narrativas absolutamente acrobáticas.

Hay que crearles cierta expectación y comulgar con sus anhelos e intereses, sin descuidar el cuidado del lenguaje lo más mínimo. Lo que no podemos hacer es escribir en “hebreo” y echarles en cara que no leen. Hay que prescindir momentáneamente de esos clásicos gongorinos y de esas lecturas avezadas para un último estadio en el que el lector ya se encuentre preparado para ello. O se perderán para siempre. Ambos.

Comentarios

  1. Es verdad que hoy en día leemos todo por encima, sin entrar en profundidad, debido en parte a internet.

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  2. Es verdad que hoy en día leemos todo por encima, sin entrar en profundidad, debido en parte a internet.

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