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FRANCISCO RUIZ NOGUERA


Una apuesta por la imaginación

por Francisco Ruiz Noguera



            “Entre el descubrimiento asombrado y la confirmación de sospecha”: así podría enunciarse el efecto producido por la lectura de La cadena del dolor y otros relatos de José Luis Raya. Me explico. La vida administrativa que rodea la enseñanza suele ser tediosa, fría y, por fortuna, olvidable; sin embargo, hay ocasiones en que procura encuentros que —por sintonía a veces casi imperceptible— perviven en el recuerdo. A José Luis Raya lo conocí en una de esas obligaciones de la vida académico-administrativa: larguísimo y caluroso mes de julio de 1991, en Jaén. Quince años desde entonces y casi ningún contacto —salvo alguno esporádico, telefónico la mayoría de las veces—; no obstante, a pesar del tiempo, en esas contadas ocasiones, siempre vinieron a mi memoria tardes y noches de conversación serena en las que, poco a poco, fui descubriendo a una persona reservada, sensible y con pasión por la literatura. Así es que estos relatos que leo ahora han supuesto la sorpresa de encontrarme con una dedicación que yo ignoraba, pero también la confirmación de algo que, en el fondo, intuí entonces. El asombro —que, dicho lo anterior, en realidad no lo es tanto para mí— viene por la solidez de esta escritura; una escritura cuyo norte está determinado por lo que el propio autor nos dice acerca de su relación con los libros:



“No sólo los leo sino que me peleo con ellos, los insulto, los ignoro, los subrayo, los olvido, o los lanzo enérgicamente contra la pared cuando carecen de algo primordial para mí: Imaginación. Puesto que el estilo se puede ir aprendiendo o mejorando pero la imaginación creo que es una cualidad innata, se tiene o no se tiene. Los autores de sencillo y a la vez elegante discurso estilístico, que saben combinar honestamente la imaginación o la sorpresa del relato o fábula, sinceramente me subyugan”.



            Y precisamente la imaginación es el pilar fundamental de la mayoría de estos textos, sobre todo de los que, dentro del género, pueden encuadrarse en una de sus variantes —no nueva pero actualmente en alza— como es la del microrrelato que, según el narrador Juan Pedro Aparicio, “es como un iceberg donde se muestra el 10% de la historia y el resto permanece sumergido”.  Esa parte que permanece sumergida y que sustenta la visible es lo que acerca esta forma de narración —por el valor que en ella se da a la connotación sobre la denotación— a la poesía.

Perseguir el máximo de intensidad en la concisión narrativa viene de antiguo, pero en la tradición reciente hay, al menos, dos maestros: como sabemos, el autor de ese celebradísimo cuento minimalista, y a la vez riquísimo en sugerencias y misterio, que es El dinosaurio —“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, en Obras completas (y otros cuentos), 1959)—, publicaba, en 1972, Movimiento perpetuo, el último texto de este libro de Augusto Monterroso lleva por título “La brevedad”: “Con frecuencia —dice allí Monterroso, con guiño a Gracián— escucho elogiar la brevedad y, provisionalmente, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si breve, dos veces bueno”; por otra parte, en sus Seis propuestas para el próximo milenio (1988), nos dice Italo Calvino:



“Y me limitaré a deciros que sueño con inmensas cosmogonías , sagas y epopeyas encerradas en las dimensiones de un epigrama. En los tiempos cada vez más congestionados que nos aguardan, la necesidad de la literatura deberá apuntar a la máxima concentración de la poesía y del pensamiento”.



            Ésta es la tradición en que se inscriben buena parte de los textos de José Luis Raya: concentración, sugerencia, imaginación, sorpresa y sentido poemático. Son relatos (pienso en “La invitada”, “La rata”, “El ludópata”, “César”, “La ejecución”, “El compañero testicular”, “Vidas inocentes”, “El poder”, “El preso”…) que plantean la historia desde el punto de vista de un narrador/observador otro, de tal forma que, dando voz a quien carece de ella, se completa una realidad hasta entonces contada sólo desde una orilla. La dosificación con que, en estos casos, se da la información sobre esa realidad otra es la justa para que su eficacia se haga patente —como revelación sugerida y nunca abiertamente declarada—  sólo al final.

            Pero los registros narrativos de esta selección van más allá de esa fórmula de lo breve: queda clara la versatilidad del autor para afrontar temas y enfoques diversos, empleando, en cada caso —como requiere el decorum de las poéticas de la Antigüedad—, el pulso y el lenguaje que convienen a cada situación y a cada asunto. Encontramos aquí, pues, una buena muestra de diversas posibilidades de narración: el relato crítico (“El billete”), el mitológico (“Ab urbe condita”), el epistolar (“Querida prima Lucía”), el nostálgico y autorreflexivo (“Un reencuentro particular”), el fantástico y próximo a la ciencia-ficción (“La Síndone”),  el cuento infantil (“Guillermo y la pompa de jabón”), la crítica de lo que rodea a la literatura (“El concurso literario”),  el casi terrorífico y, a la vez, humorístico (“El dermatólogo”), el ensayístico-confesional (“La cadena del dolor”, con su soneto lorquiano de amor oscuro como colofón),  la fábula sobre el amor/desamor (“La derrota”). Y siempre con el auxilio de la ironía (a veces el sarcasmo) no sólo en las situaciones planteadas sino, muy especialmente —lo cual es fundamental en lo literario—, en el uso del lenguaje: hay un sustrato de humor —a veces humor amargo— en estas historias que potencia esa intensidad de la que hablábamos antes.

            Me detengo ahora en tres frases del texto “La cadena del dolor” que —recurriendo a una transposición, no explícita textualmente, pero no ilegítima por parte del lector— pueden orientar bien sobre el sentido de estos relatos; la primera se centraría en la actitud del narrador/observador: “Siéntate al borde del precipicio y contempla el sereno discurrir del río de la vida”; la segunda, en la naturaleza de lo que ha de narrarse (un río que se revela como no tan sereno): “La cadena del dolor se nutre de la humillación, el abandono, la congoja, la soledad, el rencor, el odio y las lágrimas”; la tercera, en fin, apunta hacia una búsqueda interior, más que externa: “El viaje era hacia adentro y no hacia fuera”. Justamente ese proceso (del ensimismamiento hacia lo externo y —tras la frustración por la falta de respuestas— vuelta de nuevo hacia el encierro en uno mismo) es el que hallamos en el relato que —en cierto modo, escindido— abre y cierra el conjunto: “El mirlo blanco 1” y “El mirlo blanco 2”: después de que la línea ha recorrido su trayecto a través de historias varias, el círculo se cierra, y al final —con guiño, por cierto, a Monterroso— lo que parece imponerse es cierto nihilismo: “Todo esto le pareció una colosal pesadilla y cuando despertó nada seguía allí, ni él mismo tampoco se encontraba en ese lugar”.

            En el estupendo “El concurso literario” —con hilarante metaliteratura ácida de por medio— se nos habla del “cementerio de los libros muertos”, de las obras de creación perdidas (obras en busca de un lector, diríamos, en complicidad con Pirandello) por desatención de los sistemas de difusión o edición imperantes en cada momento, se nos habla de que “hay una historia de la literatura encriptada” en la que, como en el limbo, están “centenares de miles de personajes que nunca existirán porque todo ese compendio yace en las más oscuras de las catacumbas y se disponen en anaqueles imaginarios subterráneos”. Ojalá estos personajes de los relatos de José Luis Raya escapen de esos anaqueles y encuentren en el lector la mano de nieve que, como al arpa becqueriana, les dé vida. Lo merecen.



Francisco Ruiz Noguera

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