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AB URBE CONDITA


 

 

Ab Urbe Condita

  (La tierra de Tiburcio Porfirio)

       Tratadistas, analistas, economistas y otros recurren usualmente a la historia para explicar de forma certera el origen de las cosas. Hacer historia significa definirse, decidirse por una postura u otra, y, por lo tanto, admitir que existen diversos puntos de vista para enfocar una cuestión; esto equivale a afirmar que la objetividad siempre es falaz, que todo es relativo: la realidad dependerá del color del cristal etc. etc.


Porque... ¿ Es Hércules un enano al lado de Anteo o es todo un gigante si lo comparamos con los liliputienses? Quizá el mito, aunque tergiversándolo, nos proporcione la solución.
En el X trabajo Hércules llegó a la Hispania y se encontró con Propelio, rey de la Penibética; Alcides (o Hércules) lo halló desolado, enmudecido por la tristeza. (Nunca se ha sabido de este episodio porque las tradiciones populares han tratado siempre de omitirlo).

Aquella era una época ominosa. Propelio, desencantado, gemía por la ausencia de su amada y bella mujer, la cual fue raptada por Gerión, un gigante constituido por tres cuerpos, hermanastro de Propelio y rey de la Bética. Gerión envidiaba la suerte de Propelio al poder disfrutar de una mujer tan hermosa, sin embargo el pesar del bien ajeno pudo más que el respeto... Ella, quejumbrosa, cautiva se encuentra en un sólido torreón que se comunica con la región del Tártaro, siendo custodiada por el terrible can de siete cabezas; durante las interminables noches le hacía compañía una generosa arpía de nombre Hécuba, que en un tiempo, no muy lejano, fue consejera de Plutón. Visionaria y profeta, auguraba a la reina, llamada Accida, que un varón fuerte y musculoso, vendría desde los confines de la tierra para liberarla de la tiranía del malvado Gerión.

Hércules, afligido por las lágrimas de Propelio, decidió rescatar a Accida; para esta misión Alcides fue secundado por Yolas, consanguíneo suyo.

Durante el trayecto Hércules luchó con el fiero león de Nemea, engendro del gigante Tifón, salvó a Prometeo del buitre que le devoraba las entrañas durante treinta mil años.

Yolas, en cambio, tuvo que soportar el peso de la aplastante bóveda celeste, tras la tentadora proposición de Atlas. Se sabe que Yolas sucumbió en el camino; Hércules, empero, llegó extenuado a la Bética.

Gerión, que había escuchado las profecías de Hécuba, lo reconoció al instante, entablándose un feroz combate entre el déspota Gerión y el portentoso Hércules. Tras derrotar valientemente al gigante, lo descuartizó y expandió sus miembros por todo el territorio, formándose las marismas del Guadalquivir. Después de esto, se enfrentó con Caco, el famoso ladrón, hijo de Vulcano, que pretendía a la bella Accida.

Hécuba avisó a Alcides de que no mirase a Accida, si no quería verse deslumbrado por su hermosura y estar eternamente sufriendo un amor imposible.

Hércules solicitó ayuda a su padre Júpiter, y éste le envió a Pegaso, guiado por Mercurio, transportándolos con su vuelo majestuoso hasta la Penibética. Tras ellos surcaron los cielos el Gigante Anteo y el terrible can de las siete cabezas. En el éter se entabló una encarnizada lucha; Anteo, la pesada mole, se estrelló con ímpetu sobre la frágil llanura y nació una hoya, por inercia surgieron unas altas montañas cuyas cumbres permanecen nevadas la mayor parte del año. Hércules multidecapitó al can y lanzó sus óculos fuertemente contra los oteros, el impacto dio lugar a una multitud de cuevas, que fueron habitadas años después.

Alcides, por la fuerza turbulenta del combate, descendió moribundo. Accida dióle de beber de las cristalinas aguas de un extraño río verde. Cuando despertó se encontró frente a frente con el resplandeciente y hermoso rostro de la reina, enamorándose ciegamente de ella; del idilio nacieron doce hijos, los cuales, siglos después, fundaron en ese lugar una ciudad, a la que llamaron Acci (Guadix rebautizada por los árabes), en recuerdo de la persuasiva beldad de la reina.
Alcmena, madre de Hércules, exhortó a su hijo para que la abandonase, pues Accida debía su amor al desencantado Propelio.

Accida, consternada por tal aflicción, se derramaba en lágrimas, esperando día y noche a su amado Hércules, como ya lo hiciera Penélope con Ulises. Los habitantes de Acci para soslayar sus cuitas hicieron unas fiestas anuales entre finales de Agosto y los primeros días de Septiembre, las cuales le proporcionaron gran alegría y la llenaron de júbilo y sosiego hasta el día de su muerte; sobre su tumba, milenios después, se levantó una colosal catedral para deleite de todo viajero y peregrino.

Hércules ya había inscrito el “Non Plus Ultra” en las célebres columnas que separan el Mediterráneo del Atlántico, aún puede encontrarse el rastro del nombre de su amada hendido con sangre en las rocas...
Las predicciones de Hécuba se cumplieron.
(Escrito en Guadix en julio de 1981)






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